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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Gang Bang canino

Ya venía con la idea dándome vueltas en la cabeza desde hacía más de dos meses, pero a pesar de tener una fiera mascota como Rex y de conocer a gente que también tenía perro se me hacía muy difícil –casi imposible- concretar mi sueño. Cada vez que Rex me poseía mi fantasía me era recurrente y no podía evitar recordar lo vivido en la estancia de mi amiga la primera vez que fui, sin caer presa de un incontenible ardor interior que me consumía de pies a cabeza.

En momentos como ese daba cualquier cosa por tener ese canil sólo para mí, pero al estar ella de viaje por España por unos cuantos meses me era imposible tal cosa. Y además, pensé, mi necesidad es ahora.

Tras un par de semanas de intentar sin resultado encontrarle una solución, decidí que lo mejor era dejar de pensar en el asunto y tenerlo como un hermoso recuerdo y nada más, pero había algo dentro de mí que me obligaba a seguir hasta lograr mi cometido.

Mientras Rex dormía yo miraba llover desde la ventana de mi cocina, y al tener mi día libre decidí salir a dar una vuelta aunque sea con mal tiempo.

Al salir a la puerta vi a una vecina de enfrente cruzar la calle con gesto preocupado caminando en dirección a mi casa. La salude y al preguntarle cuál era su preocupación resultó que ella como médica y dada la actual situación con lo de la gripe iba a tener una jornada laboral más larga y probablemente tuviera que hacer horas extra.

Para colmo su marido –también médico- se encontraba en la misma situación y como sus horarios se superponían ninguno de los dos iba a estar en casa en todo el día y no tenían con quien dejar a sus animales, ya que al estar solos los pobres aullaban y en ocasiones hacían destrozos.

Sin saber cómo le dije que yo no tenía nada que hacer ese día y que los podía dejar a mi cuidado con confianza. Habiendo encontrado una solución tan oportuna aceptó sin dudarlo mientras yo tenía el pulso aceleradísimo de la emoción al ver mi sueño casi cumplido.

A los diez minutos me trajo a sus perros, todos de diferente raza: un doberman, un bóxer y un dálmata. Me los dio por la correa y tras cinco minutos de despedidas convinimos en que pasaría de nuevo para retirarlos después de la hora de cenar, lo cual nos dejaba unas cuantas horas juntos.

Entré a casa con los tres perros y enseguida Rex se levantó y vino a recibirnos amistosamente, quedándose con ellos en el comedor mientras yo dejaba la ropa que me sacaba en mi habitación. Estaba mojada como nunca de la emoción y tenía los pezones paradísimos y duros como piedras y pensé en impregnar la bombacha con más flujo del que ya tenía para ir calentando el ambiente. Al terminar de limpiarme se las arrojé donde ellos estaban y enseguida la empezaron a olisquear con entusiasmo mientras yo me mojaba más y más y me metía los dedos en la concha para esparcirme mis propios jugos por las tetas y el culo, sin dejar de vez en cuando de llevármelos a la boca para deleitarme con ellos. Tanto me encanta el sabor de mis jugos que si pudiera me chuparía la concha yo misma, pero al no poder, hurgar en ella y chuparme los dedos embadurnados de rico flujo es la mejor y más deliciosa solución.

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Para terminar de estar lista me apliqué como siempre la cadenita y sus respectivas pezoneras en las carnosas y rosadas protuberancias erectas en mis pechos y poniéndome mi bata blanca sobre el cuerpo desnudo abrí la puerta de mi habitación para dejar entrar a mi amo y mis tres nuevos amantes de ese día. Al volver a cerrar la puerta con ellos cuatro en la habitación me quité la bata y me recosté sobre la cama, a donde ellos se subieron guiados fuertemente por el olor a hembra en celo que yo emanaba, tras lo cual me abrí de piernas para ofrecerles mi sexo húmedo y deseoso de sus lenguas voraces. Inmediatamente sus hocicos invadieron mi solicitada entrepierna y el doberman me empezó a dar largas y suaves lamidas que se hacían constantes e interminables mientras se alimentaba de mi flujo y se divertía jugando a mover mis labios vaginales con su lengua. El dálmata empezó a lamerme animadamente de la misma forma volviéndome loca de placer hasta hacerme abrir mi sexo con los dedos para regalarles su rosado interior mientras Rex y el bóxer me pasaban la lengua por el torso y los pechos, saboreando mi piel cuanto querían.

Con ayuda de mis dedos pude metérmelos en la concha para luego untarme los pezones y así lograr que ellos me dieran el placer de sus lamidas y el dolor de sus mordiscos, mientras los otros dos seguían haciendo estragos en mi regalada concha.

Sus lenguas ardientes entraron en ella y se bebieron todo mi néctar mientras entre los dos me la comieron sin parar hasta hacerme gritar mi primer orgasmo, tan fuerte que mi hicieron gozarlo con todo mi cuerpo.

Tras haber acabado tan ruidosa y placenteramente los deje seguir lamiendo a todos un rato mas, mientras masturbaba suavemente a Rex y al otro perro que mordía mi otro pecho.

Dejé al doberman ocuparse de mi concha y como pude traje al dálmata a mi lado hasta

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quedar parado sobre mí, haciéndolo avanzar hasta que sus patas traseras quedaran a los costados de mi cabeza, y con las manos lo presioné para que bajara la cola y así poder engullir con la boca abierta ese baboso y suculento pito que ostentaba. Empecé a mamarle la verga como si fuera la más dulce golosina y escuchaba como gemía de gusto ante el delicado trabajo de mis labios, que recorrían ese falo canino de principio a fin en un lento ida y vuelta sin pausa al tiempo que mis manos hacían lo mismo para mi amo y otro de sus compañeros.

Era el placer de mi vida y el momento que tanto había esperado y soñado: cuatro perros sobre mi cuerpo dándome placer mientras los excitaba todavía más con mis manos y boca, poniéndolos a punto para lo mejor...


Sus pitos rojos y tremendamente inflamados por la erección mostraban el resultado de haber probado mis jugos de mujer, de las caricias de mis labios y del aroma de mi sexo dispuesto a recibirlos incondicionalmente, tras lo que decidí no demorar más lo inevitable y mansamente me puse en cuatro patas con las piernas separadas y de cara al respaldo de la cama, totalmente entregada a la jauría y lista para ser montada.

El cortejo había empezado. Los cuatro me rondaban nerviosamente olisqueando mis muslos y haciendo amagues de subirse a mi por la espalda o los hombros mientras yo respondía a su juego acariciando a los que pasaban cerca o tocándoles el pito. Sólo un par de minutos pasaron hasta que abrí mis labios vaginales dejando a merced de sus tremendos y duros miembros mi rosado y jugoso sexo, que ya medio abierto mostraba su negro interior y evidenciaba sus ansias de copular con todos y cada uno de ellos.

Sin embargo el que empezó el servicio fue mi amo, que dada su práctica diaria se ubicó detrás de mi agarrándose fuertemente a mi pelvis con sus patas delanteras para montarme y de un buen envión me atravesó con su virilidad, desflorándome y haciéndome suya.

Completamente sometida por mi amo me ajusté las pezoneras para más dolor y cerrando los ojos me entregué al placer que me daba el enérgico entrar y salir de mi y el aliento que su lengua me echaba en la mejilla con cada jadeo, y así poseída empecé a gemir con él y luego a gritar, enloqueciendo al resto de la jauría que ya quería aplacar furiosamente su instinto en mí. Rex me faenaba magistralmente y con el nivel al que me tiene acostumbrada al tiempo que mis gemidos enardecían a la jauría y mi habitación se convertía en un improvisado canil que me tenía a mí como la perra estrella del servicio. Al llegar al clímax Rex me anudó con su gran bola desde dentro y así abotonados eyaculó profusamente en mí, plantando su semilla en mi vientre y colmando mi vagina de su primera carga de esperma de la tarde. Aún estando ya cola con cola no paraba de inseminarme y comparativamente el abotonamiento no duró mucho. Al liberarme, mi amo me sacó el pito de adentro todavía con el nudo y goteando lo último que le quedaba, dejándole el lugar y la hembra caliente al próximo de la fila.

Y ese era precisamente el objeto de mi fantasía y lo que me tenía tan obsesionada: sentirme la perra de una jauría y ser fornicada a repetición por todos los perros del grupo, ser abusada por todos esos perros una y otra vez.

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Sumida en estos pensamientos y con la concha medio llena fue cuando el doberman

desplazo a otro de los perros para ocupar el lugar de mi amo y sin lugar a demoras me montó rápidamente, hincándome su miembro tras varios intentos y sujetándome como a su presa. Era mi primera vez con un doberman y admito que su pito me llegaba bien adentro y mantenía un lindo ritmo al cogerme, además de gruñir y bombear con furia como si copular conmigo fuera su castigo por hacer algo indebido. Me tuvo a su merced un rato durante el cual su vehemencia al penetrarme y sus constantes gruñidos me daban la idea de que se sentía muy agradable faenar a una hembra humana, y terminé de confirmarlo cuando sentí como su bola iba creciendo rápidamente en mi interior.

Su creciente nudo taponando mi vagina más el dolor en mis pezones y ese pito duro y venoso que me cogía sin descanso me hicieron desfallecer de gusto hasta obligarme a gritar toda clase de obscenidades sin ningún pudor.

En cuestión de segundos su bola se hinchó del todo y todo su pito empezó a pulsar violentamente eyaculando calientes chorros de semen que me hicieron explotar de placer en otro orgasmo tan brutal como el primero. Cada gota de semen que entraba en mi me enloquecía de gusto, mezclándose con el de Rex y haciendo llegar mi vagina al límite de su capacidad, y me excitaba sobre manera el sólo pensar que mi vientre ahora contenía otra esencia diferente, y todavía faltaban otros dos...

Al terminar de inseminarme el bombeo también cesó pero él se quedó unos minutos inmóvil sobre mí, dejándome su pito adentro como si quisiera grabarse en la memoria la sensación de mi vagina. Al querer separarse me la quito sin ningún problema ya que su nudo, al no ser tan grande, pudo abrirme la concha con facilidad pero no pudo evitar derramar un poco del precioso líquido que contenía.

Conciente de que estaba realmente llena me llevé los dedos a la entrepierna y recogiendo la lechita que salía de mi sexo me la unté en el ano, sin poder evitar la tentación de meterme los dedos en el culo. Tampoco logré ocultar una amplia sonrisa de gusto al acariciar la creciente redondez que experimentaba mi vientre, ahora fecundado por dos perros distintos.

Luego de repetir como pude esta acción un par de veces dejé que le tocara su turno al siguiente macho del grupo, el dálmata, que parecía especialmente deseoso de poseerme y así tuvo al fin su oportunidad.

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Este perro también estaba bien dotado y con lo excitados que estábamos los dos sabía que me daría una buena cogida, así que apoyando la cabeza en la almohada me aferré fuertemente a la sábana y me di unas palmadas en las nalgas, a la espera de otra certera penetración que no tardo en llegar.

Sus jadeos y sus patas me hicieron saber que se había alzado detrás de mí e inmediatamente lo tuve encima, intentando penetrarme varias veces hasta que al fin su pito encontró mi sexo y de una violenta estocada me lo enterró hasta las entrañas. Apoyando todo su cuerpo sobre mi espalda las cabezas de ambos quedaron mejilla con mejilla y su larga lengua exhalando aliento agitadamente evidenciaba el placer que su tremendo pito le daba dentro de mi vagina, mientras yo lo acompañaba gimiendo como resultado de ese mismo placer. Cada vez que me entraba un poco fuerte y me hacía gemir un poco más alto parecía desesperarse más, hasta que esos enviones se hicieron cada vez mas seguidos y mis exclamaciones pasaron a ser gritos. Oía y sentía chapotear su pito con todo el semen de mis machos anteriores cada vez que entraba en mí, y al notar que por el bombeo ya empezaba a correr por mis piernas me enardecí salvajemente. Me excitaba sobremanera sentir como me dominaba con su falo al tiempo que pronto me inyectaría su esencia, abundando y mezclándose con las que Rex y el otro perro me dejaron primero. Cerré los ojos y empecé a gritar ahogadamente cada envión suyo en mi conchita, aferrada con todas mis fuerzas a las sábanas y mordiendo la almohada para contener toda la vehemencia con la que me estaba sirviendo y los dolorcitos que su creciente nudo me provocaba al estirar mi vagina desde dentro. Entre gemidos y gruñidos su nudo se agrando al máximo haciendo lo mismo con mi cueva de placer a tal punto que creí me reventaría la entrepierna y en ese preciso instante su pito explotó liberando un tibio y abundante chorro se semen que saturó por completo mi ya colmada conchita, que ahora rebalsaba notoriamente con esta tercera eyaculación. Nuevos chorros siguieron al primero en cantidad haciendo gotear repetidas veces a mi sexo su blanco y espeso contenido aún estando perfectamente abotonada a mi tercer amante. Luego de unos segundos terminó de vaciar sus testículos en mi interior y con el placer y la seguridad de haberme preñado se bajo de mi espalda como pudo y nos quedamos unidos y muy quietos durante unos minutos en los que me dejó disfrutar con su pito todavía inflamado dentro de mí.

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A la menor señal de debilidad y en cuanto su nudo pudo agrandar lo suficiente mi sexo como para salirse nos separamos, haciendo que ese enorme tapón vaginal desaparezca y que mi dilatado agujero vomitara un voluminoso chorro de semen que ya no pude contener y que cayó directamente sobre la sábana debajo de mí. No me pude reprimir y como pude retrocedí hasta quedar de cara a la gran mancha de leche que había salido de mí un momento antes y me incliné a pasarle la lengua mientras apartaba de mí a los perros, que se estaban poniendo inquietos otra vez. Al terminar de aprovechar todo aquello hasta la última gota volví gateando resignada pero feliz a mi posición anterior. La concha todavía me goteaba, me temblaban las piernas amenazando con no sostenerme por más tiempo y sentía el corazón a punto de explotar, y sabiendo que no aguantaría otra cogida como esas di por terminada la faena.

Justo cuando intentaba acercarme al borde de la cama todos los perros me rodearon por ambos lados y antes de que me pudiera dar cuenta el tremendo bóxer estaba sobre mí; ya tenía sus patas sobre mis caderas y se me acercaba meneándose tan desesperadamente como me sujetaba por la cintura. Los demás se trataban de subir a mi por los hombros o simplemente se me paraban al lado, haciéndome imposible escapar, hasta que no me quedó otra más que ceder a la fuerza del bóxer y sumisamente me dejé someter, lista para la monta una vez más.

Estaba muy nerviosa y hasta me daba un poco de miedo porque después de tres servicios tan brutales como los anteriores no me sentía en condiciones de recibir a otro macho mas, y menos a uno tan grandote como este último.

El bóxer sin embargo ya tenía su falo en la puerta de entrada a mi feminidad y sin saber o importarle en que estado me encontraba yo me aprisionó fuertemente y entró en mí con una violenta embestida. Su colosal verga me hizo levantar la cabeza y gritar tanto por la furiosa penetración, que hasta me hizo lagrimear.

La copulación no fue para nada distinta; mantuvo su vigor inicial y me bombeo duro y parejo, como si realmente no me cogiera por placer sino para realmente dejarme preñada. Mientras el bóxer gozaba con mi cuerpo yo resistía los fieros embates de su masculinidad hasta que finalmente me deje llevar y el acto mismo de nuestra unión me hizo gozar nuevamente entre gemidos.

El bóxer era toda una fiera y me faenaba con destreza y sin piedad, haciendo de mi concha sólo un enorme e irritado agujero donde inyectarme la leche y tal como hicieran los demás miembros de la pequeña jauría, él también iba a plantar su semilla en mí. Pasaron algunos minutos más de incesante bombear mientras una dura bola iba creciendo rápidamente dentro de mi concha y mi cuarto amante se aceleraba entre gruñidos, lo cual me hizo sonreír una vez más por saberme a escasos segundos de consumar mi cuarta unión consecutiva del día.

Ya no podía más de la excitación, estaba llegando a mi tercer orgasmo y sentía como me estaba recorriendo de pies a cabeza y a ojos cerrados empecé a gritar totalmente fuera de mi y a pedirle por más, por más y más hasta acabar.

Se enloquecía entrando y saliendo de mí como si me hubiera entendido y llegando a un punto en que creí que su pito explotaría en mi concha el ansiado momento al fin llegó. Una abundante oleada de semen invadió mi más profunda intimidad de mujer, bañando todo su interior hasta colmarla y llenarla de fresco esperma canino nuevamente, fecundando mi vientre por cuarta vez. Mientras el abotonamiento se hacía más y más tirante el semen seguía fluyendo dentro de mí, y al tocar nuevamente mi pancita mi fantasía me hizo comprobar con una sonrisa de satisfacción que su redondez era ya bien visible y pronunciada.

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Loca de contenta miré hacia atrás para ver como mi cuarto macho y yo quedábamos perfectamente abotonados cola con cola y mientras los demás daban vueltas alrededor de mi con cierta agitación, él intentaba separarse repetidas veces tirando y haciendo fuerza. Su nudo agarrotado dentro de mí y los continuos forcejeos me estiraban la vagina más y más hasta que finalmente salió de mí ruidosamente. Al separarnos no pude contenerme y de mi vagina cayo una pequeña catarata de semen haciéndome dejar un espeso y pegajoso charco justo debajo de mi concurrida entrepierna.

Mi macho se fue lentamente, y aproveche ese momento para cambiar de posición. Me temblaban las piernas por haber sido sometida cuatro veces seguidas y ya toda floja me desplome sobre la cama, quedando boca abajo con los cuatro perros echados a mi lado... como una hembra entre la jauría. Y pensé...

Me había entregado a cuatro vigorosos machos como su única hembra y tras haber sido perfectamente servida por todos ellos hube de quedar preñada por todos y me sentí tan feliz que no pude evitar dar largos suspiros de regocijo. Tenía la conchita saturada de semen y el vientre fecundado del esperma de todos ellos, y estaba más que feliz.

Al rato me levante a darme una ducha ya que estaba demasiado transpirada y llena de fluido como producto de la tarde de sexo que pasé y no podía presentarme frente a mi vecina en tales condiciones.

Los perros se portaron bastante bien y aunque se pasaron el resto del día reclamándome más no hubo problemas hasta la hora de la cena, momento en que su dueña me toco el timbre para retirarlos, tal como habíamos acordado. Tras conversar un rato me preguntó como había ido todo y yo no ahorré palabras: le dije que eran unos dulces y que literalmente habían gozado de toda mi... atención. Quedamos en que los traería de vuelta en cuanto lo necesitara. Ahora era sólo cuestión de esperar...


A tan sólo un par de semanas de haber concretado mi sueño dorado entregándome a cuatro perros en celo volví a sentir la necesidad de repetirlo y dediqué manos a la obra a pensar en cómo hacerlo. Había vuelto a cruzarme en varias ocasiones con mi vecina y aunque reiteré mi oferta de "cuidarle" a sus perros si de nuevo no tuviera con quien dejarlos parecía que de momento no volvían a darse situaciones como aquella.

Tenía que resolver este problema enseguida y asegurarme de que más adelante no se vuelva a repetir; empezaba a creer que tener varios perros mas en casa era ya algo de primera necesidad. Y ahora que mi amo se mostraba muy amistoso con otros perros y le tomó el gustito a compartirme, lo creía más necesario aún.

Como todas las tardes decidí cambiarme y salir a correr para mantenerme en forma cosa que hacia por salud pero también para despejar la mente por un rato y como siempre, cada vez que pasaba por delante de ese galpón abandonado salía un perro a ladrarme al verme correr, todos los días lo mismo. Esa tarde al verlo salir a ladrarme y seguirme unos metros decidí pararme a ver que hacía. Se me quedó mirando y ladraba moviendo la cola, lo que daba la impresión de que no era peligroso. Me le acerqué y al tenderle la mano se mostró cariñoso, por lo que después de unos minutos me di media vuelta para seguir corriendo, pero al hacerlo me volvió a ladrar como si nada. Lo enfrenté nuevamente y vi que ahora estaba a unos metros de mi, ladrando y moviendo la cola, así que fui caminando con él a ver que le pasaba. Caminando ligero me metí en ese galpón desolado y lleno de hierros retorcidos y cosas viejas, explorándolo hasta la mitad con él, cuando para mi sorpresa aparecieron de entre las cosas otros tres perros más. Al ver que uno de ellos estaba conmigo los demás se acercaron a olfatearme y en segundos sus hocicos se enloquecieron al olerme el culo y la entrepierna a través de la calza. Llevaba una calza larga de la cintura a los tobillos de color gris clarito y rosa que usaba siempre sin bombacha y por demás calzada y bien metida en la entrepierna y la cola, lo que me marcaba perfectamente la redondez de las nalgas y la abundante carnosidad de la vulva.

Me encanta mostrar el culo de esa manera y que los tipos me miren, pero más me gusta apretarme bien la calza en la entrepierna porque soy muy conchuda y adoro sentir las miradas de todos en mi sexo.

A veces hasta trato de excitarme de alguna manera para que se me note bien el botoncito y así provocar más miradas, tanto de ellos como de ellas.

Enseguida sentí una nariz empujarme el culo desde abajo y otra justo presionándome la papita, justo entre los labios, lo que me hizo erectar los pezones y mojarme la instante del impulso lujurioso que me dio. Al sentir mis jugos fluir a través de la calza se pusieron más frenéticos y cerrando los ojos me hicieron apretarme los pechos y jugar con mis pezones, hasta que se me empezaron a subir por las piernas repetidas veces, jadeando y gimiendo. Entonces entendí que ya formaba parte de la jauría, que ahora era la hembra del grupo y que el momento de unirnos había llegado.

Abrí los ojos y comprobé con nervios que me rondaban con la lengua afuera y sus pitos erectos y tan brillantes como colorados preparados para copular, por lo que me senté sobre una pila de maderas y me saqué la remera quedándome en corpiño, luego las zapatillas y finalmente la calza, ya toda empapada como mi entrepierna.

Dejé mi ropa a un costado y mientras ellos movían la cola me dispuse a abrirme de piernas para dejarles el paso libre a mi carnosa, empapada y generosa concha.

Apenas lo hice separé mis labios vaginales para ofrecerles mi rosado y jugoso sexo, y la larga lengua de uno de ellos lo lamió todo a lo largo, lengüetada a lengüetada, a la que pronto se sumaron otras lamiéndome toda la vulva y volviéndome loca de placer.

Gemía sin parar y cada vez que lo hacía ellos parecían lamer más aún, hasta que ciega de lujuria llevé las manos a mi vagina y metiéndome los dedos índice y mayor de cada mano estiré con fuerza hacia los costados y les abrí mi agujero de mujer lo más grande que pude.

El lugar estaba casi en penumbras salvo por un charco de luz que entraba por una rendija en el techo, y que mostraba el lugar donde estaba obscenamente abierta de piernas para cuatro perros que bebían con ganas del manantial que brotaba de mi vagina.

La lengua de uno de ellos se me metió cuán larga era y al lamerme por dentro en unos minutos me hizo llegar a un primer orgasmo fortísimo y muy placentero, pero que aún no bastaba para apagar el fuego que sentía por dentro.

Los perros estaban ya muy inquietos y calientes y yo no daba más de las ganas así que incite a uno de ellos a que se me subiera encima entre las piernas y me poseyera en el acto, pero luego de varios intentos no hubo caso.

Pensé en la tradicional posición y disponiendo una tela vieja en el suelo me puse en cuatro patas sobre ella para dejarme someter entregándome a la jauría.

Ahora que ya estaba lista para ellos me di unas palmadas en las nalgas y tras sentir unas poderosas patas apoderarse de mi cintura uno de los perros me atravesó violentamente la vagina con su pito y fui perfectamente montada, dando comienzo así al primer servicio.

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Se notaba que eran perros de la calle y que tenían mucha práctica al hacerlo, y al entrar en mi lo probaron con creces tomándome por detrás como a una vulgar perra obligándome a ceder a su voluntad y dominándome para la copulación.

Yo por mi parte hice lo que me correspondía como hembra y acepté mi rol con total sumisión y obediencia como todas las perras.

Era un perro de buen tamaño, bien dotado y que me estaba cogiendo intensamente a buen ritmo entre gruñidos y jadeos, disfrutando de mi cuerpo.

Me mantuvo así muy agradablemente varios minutos sin interrupción mientras su enorme bola iba tomando forma dentro de mi vagina, creciendo a cada segundo hasta ocupar casi toda mi cavidad y asegurarme que nada me salvaría de lo inminente.

Yo lo sentía crecer y apretarse contra las paredes de mi sexo al punto de tensarse al máximo al tiempo que cada envión del animal me clavaba su pito más y más adentro hasta llegar y presionar el mismísimo fondo de mi concha.

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Ahora estaba con el corazón latiendo fuera de control, jadeando y gimiendo extasiada de la oleada de placer que me recorría, deseando como nunca que me preñara ahí mismo.

Me aferraba fuertemente a la tela gritando a voz en cuello que me cogiera más hasta hacerme acabar, ya pudiendo sentir su cuerpo tenso y tembloroso sobre el mío mientras su pito me destrozaba la vagina de tanto entrar y salir.

Con un gruñido extraño el nudo llegó a su máximo ya provocándome puntadas y al terminar de endurecerse su pito explotó dentro de mí liberando cortos pero ardientes y chorros de semen espeso, uno tras otro con segundos de diferencia que fueron ansiosamente recibidos por mi vientre sediento de esperma.

Al sentir su esperma bañar mi interior me deshice de placer y sin poder contenerme más grité como una marrana en un orgasmo brutal como pocos sentí en mi vida.

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Aún sin dejar de bombearme la inseminación fue abundante y placentera y aunque sus inyecciones de semen empezaron a decaer hasta parar; seguíamos abotonados pero ahora inmóviles; yo en cuatro patas y él encorvado sobre mi con todo su sexo dentro del mío. Reposamos unidos de esa forma unos minutos viendo como los demás perros daban vueltas alrededor de nosotros esperando su turno conmigo y cuando el nudo aflojó un poco nos separamos (y yo con una sonrisa).

Tras haberme sacado su pito se bajó de mi espalda y se alejó lentamente dando paso a otro perro ansioso de aplacar su instinto en mí mientras yo volvía a mi posición y me preguntaba quién sería el próximo.

Miraba como se me acercaban hasta que uno de los tres se me puso detrás y una vez montada me penetró duramente, haciéndome largar un grito y dejándome con los ojos muy abiertos tras lo que enseguida empezó a faenarme con mucha vehemencia.

Ya sensibilizada por el tremendo servicio anterior, sus continuas entradas me hacían gemirlas a todas y cada una de ellas y los demás perros intentaban subírseme por los hombros al no poder aguantarse las ganas, y al estar moviéndose de aquí para allá me era imposible retenerlos para mamarles la verga.

De todas formas me hubiera resultado muy difícil ya que este macho bombeaba muy potentemente y sus embestidas me hacían arder de placer hasta olvidarme de todo lo demás. Su comportamiento me decía que gozaba plenamente de mi cuerpo y yo estaba más que satisfecha de ser cogida tan despiadadamente, pero lo que más me gustaba era ser la perra del grupo para recibir un macho tras otro y que fecundaran mi vientre con su semen.

El coito seguía intensamente y sus enviones no decaían en absoluto, haciendo que cada minuto que pasaba fuera un poco más de placer para ambos mientras la verga del perro entraba y salía sin problemas de mi cueva, chapoteando en el abundante esperma que esta retenía.

Empezaba a agitarse a y gruñir en señal de que ya me estaba aprisionando por dentro con su nudo y pronto pude comprobar que en efecto así era.

Disfrutaba del servicio como loca al advertir que pasados unos minutos el nudo ya me tenía prisionera y en segundos aceleró el ritmo.

Ahora bombeaba desesperadamente ya a punto de acabar y con una enorme bola en la base del pito ya ocupaba por completo mi sexo, a punto de entrar en clímax.

Con la lengua afuera colgando sobre mi hombro sentía el calor de sus jadeos en la mejilla al tiempo que me daba su estocada final, hincándomela muy profundamente y enseguida me inseminó.

Un largo chorro de leche caliente invadió mi ya viciada feminidad, que sentía el falo del animal dar pequeños empujoncitos, y entonces llegó otro chorro igual, y tras unos segundos el último fueron sólo algunas gotas.

A pesar de no tener más esperma que darme su pito seguía clavado en mí y dando esos empujoncitos, como si aún le quedara más por eyacular.

Se ve que el pobre, al igual que sus compañeros hacía mucho que no servían a una hembra y sus testículos estaban llenos a más no poder, pero por fortuna para ellos yo llegué para aliviarlos. Y dos de ellos ya lo habían hecho muy satisfactoriamente.

Se bajó de mi espalda y quedamos cola con cola, dulcemente abotonados, y mientras estábamos así pensé en aprovechar el momento e intenté ver si lo que le había enseñado a Rex sería también entendido por estos otros perros.

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Sabía que el nudo iba a tardar un poco en decaer, así que probé de darme unas palmadas en el hombro, a ver si alguno entendía lo que quería y me montaba por delante.

Al parecer la prueba dio resultado porque uno de los dos perros que quedaban a nuestro lado se me acercó al trote y poniéndome las patas delanteras en los hombros fue meneando su miembro mientras se me acercaba con claras intenciones. Yo bajé un poco la cabeza para facilitar el encuentro y al acercarlo con la mano mi boca encontró enseguida su rojo y duro pito.

Lo engullí con ansias y al contacto con mi lengua el animal empezó a moverse a medida que yo se la chupaba, todavía abotonada por mi segundo macho.

En unos segundos éste dio un fuerte tirón y me liberó, dejándome libre para quien quisiera. Sin perder tiempo aproveché la calentura de este perro y tras darle un par de mamadas más lo hice bajar para que diera la vuelta y me tomara por detrás.

Rápidamente lo hizo y al tener mis caderas a su disposición y el camino libre a mi vagina dio un salto y enseguida me montó.

El placer que le dio haberme metido el pito en la boca y las caricias de mis labios y lengua le hicieron entrarme sin demoras, tras lo que empezó a bombear fieramente, agarrándome fuerte de la cintura y enterrándome el pito cada vez más adentro.

Cuando ya me tuvo ensartada a su gusto se dedicó a faenarme disfrutando de cada entrada como si fuera la última, fuertes y profundas pero sorprendentemente rápido, que yo también gozaba al tiempo que sentía como el semen que ya contenía se rebalsaba por mis muslos con el movimiento.

El sonoro chapoteo de ese pito entrando y saliendo frenéticamente de mi cueva colmada de esperma me hacía arder como una brasa y mientras el perro me cogía yo sonreía porque pronto me inocularían más semen.

Disfrutó un buen rato de mi cuerpo, metiendo y sacando su pito de mi concha abierta y mojándolo con toda la leche que sus compañeros me habían inyectado primero, y yo me sentía como una reina teniendo conmigo a varios machos con ganas de someterme y emporcarme, a quienes poder ofrecerles mi vientre para su semilla.

El clímax por fin llego y el nudo se fue haciendo sentir lentamente hasta tomar una dimensión bastante grande y dolorosa que terminó por taponar mi vagina momentos antes de la eyaculación.

Y entonces, ya entre gemidos de dolor y deseos de pasión, le grité que me cogiera bien fuerte y me llenara de leche. Sin siquiera dejarme terminar de decir nada sentí su verga temblar hasta reventar en una explosión de semen que poco a poco y en varios chorritos fue entrando en mi cuerpo hasta fecundar nuevamente mi vientre y desbordar mi sexo.

De mi vagina ahora caían cantidades más grandes de leche canina mientras el bombeo seguía y el perro me inseminaba con más esperma aún del que mi conchita de perrita podía retener. En eso estaba yo recibiendo agradecida toda su semilla hasta que lo vi bajarse de mi espalda y al primer tirón sentí otra vez el grueso nudo que me taponaba la concha desde dentro, impidiendo así la perdida de más esperma.

Empecé a tocarme y a darme un poco de placer extra yo misma todavía abotonada con toda la verga adentro y disfrutando de la marcada redondez de mi pancita, producto de las sucesivas eyaculaciones en mi interior.

Aunque no estaba alcanzando un orgasmo todavía estaba loca de placer y no podía creer la manera en que yo misma me apretaba las tetas y la lujuria me hizo desear un par de bocas en ellas. Recurrí a mi vieja táctica y tras recoger un poco de mis propios jugos de hembra me los unté en los pezones hasta dejarlos bien duros; me levanté un poco con mis brazos y luego de sostenerme de unas maderas que tenía delante esperé por dos bocas hambrientas, dejando mis tetas colgar listas para el amamantamiento.

Al parecer el cansancio no fue obstáculo para ellos: enseguida los dos perros que ya me habían servido se me acercaron por ambos lados buscando furiosamente mis senos y entre los dos se las arreglaron para prenderse a mis pezones en segundos.

El nudo de mi amante todavía no cedía pero los otros dos lamieron con ganas hasta hacerme despuntar los pezones y mamaron de ellos con la voracidad de un cachorro pero con la pasión de un adulto.

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Y eso fue lo que me los hizo crecer hasta dejarlos como piedras, y luego de las lamidas las mamadas se mezclaron con mordidas, que sumado a la tremenda verga que tenia anudada dentro y a mi vagina reventando de esperma terminó de enloquecerme y quise tener a los cuatro perros conmigo.

El cuarto y último perro que me pretendía ya me rondaba pero por desgracia los objetos que tenía delante de mi no permitían que se me subiera de frente, por lo que debía esperar a que mi tercer amante se separara de mi, cosa que no tardó mucho en suceder.

En unos segundos más su último intento dio resultado y con cierto trabajo logro abrirme la concha lo suficiente como para sacarme la verga con nudo y todo, derramando semen a raudales y dejando el camino libre para aquel que todavía me esperaba.

Yo estaba rendida del cansancio, pero él ya se me acercaba por detrás con toda su energía y venía al trote con el pito duro y listo.

Conmigo todavía en posición la visión de mi vagina abierta, ultrajada repetidas veces y todavía vomitando semen fue toda una invitación al placer, y viendo que dos de sus compañeros mamaban de mis enrojecidas tetas lo escuché gemir como enloquecido mientras venía por mí.

Yo lo esperaba ansiosa y obediente como buena perrita sometida por la jauría, completamente entregada y lista para el cuarto servicio cuando lo sentí subirse a mi por detrás y aferrarse a mi cintura, al tiempo que podía adivinar sus meneos acercarse a mi cueva de placer.

Bastó sólo un pequeño contacto entre su pito y mi vulvita para que me lo clavara hasta el fondo y sin compasión, metiéndolo bruscamente y empezando un bombeo tan rápido como violento que me hizo gritar. Y escucharme gritar lo puso todavía más frenético, como si hubiera sido una señal de que a esta perra le gustaba que la monten de esa manera, y me sujetó aún más de la cintura para hincármela más y más profundo.

Yo seguía gritando con cada centímetro de verga que me entraba de esa forma; ya me dolía de recibirla así una y otra vez, como encarnándoseme en el fondo de la conchita cada vez que me la metía y al parecer los otros dos perros también se enloquecieron con mis gritos porque las mordidas en los pezones se hicieron cada vez más frecuentes.

Entre gritos y gemidos empecé a sentir el gozo de una cuarta y última cogida brutal al tiempo que las bocas en mis pechos añadían el placer de la succión y un poco de dolor al morder, la combinación perfecta.

Mi cuarto amante ya había apoyado su cuerpo sobre mi espalda y poniendo su cabeza sobre mi hombro se acomodó para montarme mejor, cosa que le daba extremo placer y me lo demostraba al ver como jadeaba con la lengua afuera al bombearme.

Ya mientras lo hacía su nudo se volvía cada vez más grande, dificultándole el meneo y taponando mi vagina hasta que empezó a pegarse a sus paredes interiores.

Empezó a gemir ya entrando en clímax y yo me sonreía porque sabía que el momento final se aproximaba y lo deseaba más que nunca, con su pito apenas meneándose dentro de mi y sus testículos golpeteando mi entrepierna.

Me agarré de la tela sobre la que estábamos con toda la fuerza que pude y con los ojos cerrados sonreí mientras esperaba callada el momento culminante del coito, animándolo secretamente con todas mis fuerzas a que me acabara adentro y me dejara servida por cuarta vez. Mis ruegos se hicieron escuchar y en cuestión de segundos le dio un orgasmo fortísimo que le hizo enterrármela en una estocada final muy profunda que me hizo temblar y enseguida sentí su leche correr dentro de mi.

Con los ojos como platos y dando un largo suspiro mi conchita recibió todo ese torrente de esperma caliente y fresco, chorro tras chorro a medida que los iba eyaculando dentro de mi y se mezclaban con toda la enorme cantidad que sus amigos dejaron en mi vientre, ahora fecundo por toda la jauría.

Luego de unas pocas eyaculaciones más con las últimas gotas y ya con los testículos vacíos se bajó de mi y una vez más quedamos cola con cola, abotonados muy tirantemente pero llenos de gusto y por mi parte, sin apuros por separarnos.

Me encanta disfrutar del abotonamiento acariciándome la pronunciada pancita mientras todavía siento la verga adentro, apretada y pulsando luego del servicio.

Apenas un par de minutos pude estar así porque en un par de intentos el animal se liberó y desgraciadamente nos separamos, tras lo cual un gran chorro de semen cayo de mi vagina a la tela sobre la que estábamos, también bajando por mis muslos.

Habiéndose alejado los otros dos perros y con los pezones enrojecidos y sensibles de tanto mamar y morder, me di vuelta y sin dejar de estar en cuatro patas me incline a lamer todo el semen caído para no desaprovecharlo.

imagebam.com

Mientras lo hacía los cuatro perros me rodearon moviendo la cola muy contentos, y yo seguía lamiendo a riesgo de que alguno me montara de nuevo para otro servicio que no se si resistiría, o que apareciera alguna persona me descubriera teniendo relaciones con los perros, pero de todas formas quería tragarme toda esa leche que mi vagina no pudo contener y así lo hice.

Al terminar me puse de pie y me vestí lo más a prisa que pude, corpiño, remera, calza y zapatillas, y me apresuré a retomar mi camino a casa pero caminando ya que no podía arriesgarme a trotar o correr en ese estado.

Al llegar a casa me desnudé y me pare frente al espejo a ver el resultado de aquellas horas de lujuria y evidenciaba una linda redondez en la pancita. Sonreí al imaginarme preñada por cuatro perros y así me sentía: felizmente embarazada. Mientras lo hacía sentí algo bajar dentro de mí y sabiendo lo que era no me quise perder el espectáculo: puse el sillón frente al espejo, me senté y me abrí de piernas con la vista fija en la concha. Empecé a masturbarme tocándome los pechos y pensando en esos cuatro perros y en un segundo acabé viendo en el espejo como de mi concha brotaba una catarata de semen.

Y esto sería lo que me impulsaría a otra aventura más, a entregarme a una jauría otra vez. Sentada en el sillón y con las manos en el vientre, ya pensaba donde sería próxima...

Autor: Andrea Fernandez






lunes, 5 de octubre de 2009

EL JARDIN DEL MIEDO 1934




Antaño yo fui Hunwulf, el Errante. Soy incapaz de comprender si mi conocimiento de ese hecho se debe a algún medio oculto o esotérico, y no intentaré explicarlo. Un hombre recuerda su vida pasada; yo recuerdo mis vidas pasadas. Lo mismo que un individuo normal recuerda aquellas formas que fueron las suyas durante su infancia, su juventud y adolescencia, yo recuerdo las formas que fueron James Allison en las edades olvidadas.


El por qué de esta

memoria no sabría decirlo, lo mismo que tampoco puedo justificar la miríada de

otros fenómenos de la naturaleza a los que diariamente nos vemos

confrontados, yo y cualquier otro mortal. Pero ahora, tendido aquí, esperando la

muerte que me liberará de la larga enfermedad que padezco, contemplo con la

mirada clara y limpia el inmenso panorama de las vidas que se han sucedido

para llegar hasta mí. Veo los hombres que fueron yo, y veo las bestias que

vivieron en mí.


Mi memoria, remontándose al filo de los siglos, no se detiene con la

aparición del Hombre. ¿Cómo podría ser así si el animal se confunde tanto con

el hombre que no existe una línea de división claramente trazada, algo que

marque los límites de la bestialidad? En este preciso instante diviso un paisaje

crepuscular, oscuro, entre los árboles gigantescos de un bosque primitivo en el

que el hombre nunca ha pisado con sus pies recubiertos de cuero. Veo una

masa enorme, erizada de pelo, de andar pesado y renqueante... avanza cansina

y torpemente, aunque con rapidez, a veces erguida, a veces a cuatro patas. El

ser busca gusanos e insectos, rascando bajo los troncos podridos; sus pequeñas

orejas se agitan continuamente. Levanta la cabeza y revela unos colmillos

amarillentos. Es primitivo, bestial, antropoide. Y, sin embargo, reconozco su

parentesco con la entidad que ahora se llama James Allison. ¿Parentesco?

Digamos más bien unidad. Yo soy él, él es yo. Mi carne es sensible, blanca,

desprovista de pelo; la suya oscura, dura, hirsuta. Y, pese a todo, hemos sido

uno, y su cerebro embrionario, poblado por las sombras, comienza a agitarse y a

verse dominado por pensamientos de hombre, groseros, caóticos, fugitivos. Y,

no obstante, ellos son el fundamento de todas las grandes y orgullosas visiones

que los hombres han tenido en todas las épocas que se han sucedido desde

entonces.


Mi conocimiento no se detiene ahí. Se remonta todavía más lejos, muy

lejos, ofreciéndome perspectivas olvidadas hacia las que no me atrevo a

volverme, abismos demasiado sombríos y demasiado terribles como para que el

espíritu humano pueda sondearlos. Sin embargo, incluso allí, tengo conciencia

de mi identidad, de mi individualidad. Les aseguro que el individuo nunca se

pierde, ni en el pozo negro del que un día salimos arrastrándonos, berreando,

ciegos y repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día accederemos... y

que he podido ver, a lo lejos, centelleando como un lago azulado en el

crepúsculo, entre las montañas estelares.




Pero ya basta. Les hablaré de Hunwulf. ¡Oh, pasó hace tanto tiempo,

tantísimo tiempo! Hace cuánto exactamente, no me atrevo a decirlo. ¿Debería

buscar pobres comparaciones humanas para describir las descripciones

indescriptibles e incomprensiblemente lejanas? Desde aquella era, la Tierra ha

cambiado de aspecto no una vez, sino una docena de veces. Ciclos completos

de la especie humana han cumplido sus destinos.


He sido Hunwulf, uno de los hijos de los Aesir de rubios cabellos quienes,

desde las heladas llanuras de la helada Asgard, enviaron a sus tribus de ojos

azules por el mundo, en migraciones seculares, para dejar la marca de su paso

en muchos extraños lugares. Nací durante una de las migraciones hacia el sur.

Nunca contemplé la tierra de mis ancestros, allí donde la mayoría de los pueblos

nórdicos vive todavía en tiendas de piel de caballo, entre las nieves.

Crecí hasta la edad adulta durante aquella larga carrera vagabunda, en

una edad cruel, vigorosa e indómita en que los Aesir no reconocían a dios

alguno salvo a Ymir, el gigante de la barba helada por la escarcha, y cuyas

hachas estaban tachonadas por la sangre de numerosas naciones.

Mis músculos parecían cuerdas de acero trenzado. Mis cabellos rubios caían sobre

mis poderosos hombros como la melena de un león. Me ceñía los riñones con

una piel de leopardo. Podía manejar la pesada hacha de punta de sílex con

cualquiera de mis manos.

Año tras año mi tribu se encaminaba hacia el sur, describiendo a veces

inmensos arcos hacia el este o el oeste, afincándose a veces durante meses o

años en valles o fértiles llanuras, en lugares donde pululaban animales

comedores de hierba. Pero siempre descendía hacia el sur, lenta e

inexorablemente. A veces, nuestra ruta nos conducía a través de vastas

soledades inanimadas en las que nunca había retumbado un grito humano. A

veces, extraños pueblos primitivos se oponían a nuestro avance. Nuestro rastro

pasaba entonces por encima de las cenizas anegadas en sangre de las aldeas

destruidas. Durante aquel viaje errático, durante aquellas cacerías y matanzas,

llegué a la edad adulta y amé a Gudrún.

¿Qué puedo decir de Gudrún? ¿Cómo describir los colores a un ciego?

Sólo puedo decir que su piel era más blanca que la leche, que sus cabellos eran

de oro fundido cuando el brillo del sol jugueteaba entre sus bucles, que la ligera

belleza de su cuerpo habría hecho avergonzarse el sueño que modeló a las

diosas griegas. Pero soy incapaz de hacerles comprender el fuego y la maravilla

que albergaba Gudrún. No se pueden establecer comparaciones; sus cánones

de la mujer reflejan solamente a las mujeres de una época. Pero, junto a ella,

serían como simples lámparas intentando rivalizar con el resplandor de la luna

llena. No, en milenios, ninguna mujer se ha asemejado a Gudrún. Cleopatra,

Tais, Helena de Troya, todas fueron pálidos reflejos de su belleza, pobres

imitaciones de la rosa que floreció en todo su esplendor solamente en el origen

del tiempo.

Por Gudrún abandoné mi pueblo y mi tribu. Partí hacia las tierras

desoladas, exilado y fuera de la ley, con sangre manchándome las manos. Ella

era de mi raza, pero no de mi tribu: una niña perdida a la que habíamos

encontrado, errando solitaria por un bosque sombrío, extraviada por algún

pueblo errante de nuestra propia sangre. Creció en el seno de la tribu. Cuando

alcanzó la madurez de su gloriosa y joven femineidad fue entregada a Heimdull,

el Poderoso, el más grande de todos los cazadores de la tribu.

Pero el sueño de Gudrún era una locura que me devoraba el alma, un

fuego que ardía en mi interior eternamente. Por ella maté a Heimdull, aplastando

su cráneo con mi hacha de sílex antes que pudiera llevarla a su choza de piel de

caballo. Y luego comenzó nuestra larga huida para escapar de la venganza de

mi tribu. Gudrún me siguió con alegría, pues me amaba con ese amor de las

mujeres Aesir que es como una llama devoradora que destruye la debilidad.


Oh,

era un tiempo salvaje, la vida era cruel y sanguinaria, y los débiles morían

rápidamente. No había en nosotros nada suave o dulce. Nuestras pasiones eran

las de la tempestad, el asalto y el choque de la batalla, la del desafío del león.

Nuestros amores eran tan terribles como nuestros odios.

Y de aquel modo me llevé a Gudrún lejos de la tribu y los asesinos nos

siguieron la pista muy de cerca. Durante una noche y un día nos siguieron los

pasos hasta que, a nado, atravesamos un río desbordado, un torrente bramador

y espumante que incluso los hombres de Asgard no se atrevieron a franquear.

Pero en la locura de nuestro amor y nuestro descuido, nos lanzamos al agua y

nadamos, golpeados y zarandeados por el furor de las olas. Y llegamos a la otra

orilla sanos y salvos.

Después de aquello, durante numerosos días, atravesamos los bosques

de las regiones del altiplano, guaridas de tigres y leopardos, y llegamos, por fin,

a una gran cadena montañosa. Los azules contrafuertes se recortaban contra el

cielo de un modo terrible y las pendientes se sucedían a las pendientes.

En aquellas montañas fuimos atormentados por los vientos helados y por

el hambre, atacados por cóndores que se abatían sobre nosotros entre el fragor

de sus alas gigantescas. En el transcurso de siniestras batallas en los

desfiladeros, agoté todas las flechas y quebré la lanza de punta de sílex. Pero

franqueamos finalmente el lúgubre espinazo de la cordillera y, descendiendo por

las laderas septentrionales, llegamos a la vista de una aldea hecha de cabañas

de tierra entre los acantilados. Aquella aldea estaba habitada por gentes

pacíficas de piel morena que hablaban una lengua desconocida y practicaban

extrañas costumbres. Pero nos recibieron con el signo de la paz y nos llevaron a

su poblado. Colocaron ante nosotros carne, pan de cebada y leche fermentada,

se acuclillaron formando un círculo a nuestro alrededor al tiempo que comíamos,

mientras una mujer golpeaba levemente sobre un tambor con forma de cuenco

para honrarnos.


Habíamos llegado a la aldea en el crepúsculo. La noche cayó durante los

festejos. Por todas partes se alzaban acantilados y picos, como masas

imponentes recortándose contra las estrellas. El pequeño grupo de chozas

terrosas y las minúsculas hogueras se perdían en la inmensidad de la noche.

Gudrún sintió la soledad y la desolación agobiante de las tinieblas.

Se apretó contra mí, apoyándome el hombro en el pecho. Pero mi hacha estaba al alcance

de la mano, y yo mismo no había sentido ningún atisbo de miedo.

El pequeño pueblo de piel ocre se acurrucaba ante nosotros. Hombres y

mujeres intentaban hablarnos, haciendo gestos con sus manos menudas. Por

haber habitado siempre en el mismo lugar, dentro de una seguridad relativa,

estaban desprovistos de la intransigente ferocidad de los nómades Aesir. Sus

manos revoloteaban con gestos amistosos a la luz del fuego.

Les hice comprender que habíamos llegado del norte, que habíamos

atravesado el espinazo de la gran cadena montañosa y que, al día siguiente por

la mañana, teníamos la intención de descender hacia las verdes llanuras que

habíamos visto más al sur desde las cimas. Cuando comprendieron mi intención

empezaron a gritar mientras sacudían la cabeza violentamente y golpeaban

como locos en el tambor. Estaban tan ansiosos por comunicarme algo que me

confundían en vez de iluminarme. Finalmente, consiguieron hacerme

comprender que no querían que abandonase las montañas. Al sur de la aldea

había un peligro que acechaba. Pero no pude saber si se trataba de un hombre

o de un animal.


Cuando todos ellos gesticulaban y mi atención estaba puesta en su

mímica, el golpe cayó. Advertí en primer lugar un súbito trueno de alas batiendo

en mis oídos. Luego, una forma sombría surgió de la noche y algo me golpeó en

la cabeza al tiempo que me daba la vuelta. Caí, medio inconsciente. ¡En aquel

instante escuché a Gudrún lanzando un aullido mientras era arrebatada de mi

lado! Levantándome de un salto, temblando por el furioso deseo de desgarrar y

masacrar, vi una forma oscura que desaparecía nuevamente en las tinieblas,

con una forma blanca que gritaba y se debatía prisionera entre sus garras.

Aullando de dolor y rabia empuñé el hacha y cargué contra las tinieblas...

Me detuve bruscamente, huraño y desesperado, sin saber en qué dirección ir.

El pueblo moreno se había esparcido por doquier, gritando y proyectando

chispas en todas direcciones al atropellar las hogueras en su ansia por volver a

sus cabañas. Pero de nuevo volvían a salir, arrastrándose temerosos y

gimoteantes como perros heridos. Se reunieron a mi alrededor y me agarraron

con manos tímidas, parloteando en su idioma. Maldije mi impotencia, enfermo de

rabia, sabiendo que querían decirme algo que yo no conseguía comprender.

Por fin, les dejé que me condujeran hasta la hoguera. El más anciano de

la tribu trajo una cinta de cuero ahumado, un pote de arcilla con materiales

colorantes y un bastón. Sobre el cuero, pintó la silueta de una criatura alada

llevándose a una mujer blanca. Oh, era muy grosero, pero comprendí el

significado. Acto seguido, todos me señalaron hacia el sur y comenzaron a gritar

ruidosamente en su propia lengua. Comprendí que la amenaza contra la que me

habían prevenido era la del ser que se había llevado a Gudrún. Hasta aquel

momento yo había creído que había sido arrebatada por los aires por uno de los

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cóndores de las montañas. Pero el dibujo ejecutado por el anciano con la negra

pintura era, más que nada, el de un hombre alado.

Lenta y laboriosamente comenzó a trazar algo que por fin reconocí. Era

un mapa... sí, incluso en aquella época oscura teníamos mapas, primitivos,

cierto, pero que un hombre moderno hubiera sido incapaz de interpretarlos, a

causa de la diferencia de nuestro simbolismo.

Aquello nos llevó mucho tiempo, y se hizo la medianoche antes que el

viejo hubiera terminado y yo comprendido sus dibujos. Pero finalmente, todo

quedó completamente claro. Si seguía el camino trazado en el mapa,

descendiendo el largo y estrecho valle en que se alzaba la aldea, atravesando

una llanura y siguiendo después una sucesión de desgarradas pendientes,

llegaría al lugar en donde moraba el ser que había robado a mi compañera. En

aquel lugar, el viejo dibujó lo que parecía ser una cabina deforme, con

numerosos signos extraños a su alrededor, trazados con la ayuda de pigmentos

rojos. Los dibujaba con el dedo, y luego me señalaba a mí, sacudía la cabeza y

lanzaba gritos sonoros que parecían indicar un gran peligro para aquellos seres.

Más tarde intentaron persuadirme para que no fuera, pero, en mi ardor,

tomé la cinta de cuero y el saco de comida que me habían puesto a la fuerza

entre las manos (¡realmente era un pueblo muy extraño para aquella época!),

recogí el hacha y me dirigí hacia las tinieblas sin luna. Mis ojos eran más

penetrantes de lo que puede concebir una mentalidad moderna, y mi sentido de

la orientación era el de un lobo. Una vez grabado el mapa en mi cerebro, habría

podido tirarlo y dirigirme infaliblemente hacia el lugar que buscaba. Sin embargo,

lo plegué y me lo guardé en el cinturón.

Caminé tan rápido como pude bajo la claridad de las estrellas, sin

preocuparme de las bestias feroces que, quizá, buscaban una presa... osos de

las cavernas o tigres de dientes de sable. A veces, escuchaba cómo la arenilla

se deslizaba bajo patas furtivas. Por un instante, entreveía unos ojos feroces y

amarillos ardiendo en las tinieblas y percibía formas que, en medio de la

oscuridad, huían cuando me acercaba. Pero proseguí intrépidamente mi carrera,

con un humor tan desesperado que no era capaz de cederle el paso a ningún

animal, ¡por terrible que fuera!

Atravesé el valle, escalé una cresta montañosa y llegué a una amplia

meseta, cuajada de zanjas y alfombrada de rocas. La franqueé y, en las tinieblas

que preceden el alba, comencé a descender por las laderas llenas de

asechanzas. Parecían no terminar nunca, y desaparecían a mis pies como una

larga línea escarpada e inclinada que se perdía en la oscuridad. Pero continué

con mi temerario descenso, sin detenerme ni para desatar la cuerda de cuero

que llevaba enrollada alrededor de los hombros. Confiaba en mi suerte y mi

destreza para llegar a la base de la montaña sin romperme el cuello.

Y, justo cuando la aurora lamía con su blanca luz las cimas, llegué a un

amplio valle rodeado de acantilados prodigiosos. En aquel lugar en que me

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hallaba, el valle se extendía al este y al oeste. Los acantilados convergían en su

extremo inferior, dándole el aspecto de un gran abanico que se estrechaba

rápidamente hacia el sur.

El suelo era uniforme, atravesado por un curso de agua sinuoso. Algunos

árboles se elevaban en él, aislados. No había rastrojos, pero sí un tapiz de altas

hierbas que, en aquella época del año, estaban particularmente secas. A lo largo

del curso de agua crecía una vegetación exuberante y, por aquí o por allá,

deambulaban unos mamuts, verdaderas montañas de carne y músculos llenas

de pelo.

Me quedé a buena distancia, pues aquellos gigantes eran demasiado

poderosos para que me enfrentase a ellos. Confiaban en su poder, y sólo temían

una cosa en el mundo. Orientaban hacia mí sus grandes orejas y levantaban las

trompas con aire amenazador si me acercaba a ellos más de lo imprescindible,

pero no me atacaron. Corrí rápidamente entre los árboles. Cuando llegué al

lugar donde convergían los acantilados, el sol aún no se había levantado por

encima de las murallas del este, cuyas crestas destacaban con una llamarada

dorada. El descenso por las montañosas laderas, pese a que me había llevado

toda la noche, no había afectado mis músculos de acero. No sentía ninguna

fatiga; el furor me devoraba aún con el mismo ardor. No podía saber lo que se

hallaba más allá de los acantilados; no hice hipótesis. Mi cerebro sólo dejaba

penetrar la negra cólera y el ansia por masacrar.

Los desfiladeros no formaban un muro compacto. Aquello quería decir

que los extremos de las paredes rocosas no se unían completamente, dejando

una ranura o una brecha de unos cien pies de ancho. La corriente de agua la

atravesaba y los árboles crecían robustos junto a ella. Crucé la brecha, tan

ancha como larga, y desemboqué en un segundo valle o, más bien, en la

continuación del primero que se ampliaba nuevamente más allá del pasaje.

Las paredes rocosas se alejaban en una curva pronunciada hacia el este

y el oeste, para formar una muralla gigantesca que rodeaba completamente el

valle, describiendo un vasto óvalo. Formaban un reborde azulado alrededor del

valle, sin brecha alguna, con la excepción de un pedazo de cielo claro que

parecía indicar otra abertura en el extremo septentrional. El valle interior tenía la

forma de una botella con dos bocas.

El gollete por el que había penetrado estaba lleno de árboles que crecían

numerosos en varios cientos de metros. Luego daban paso bruscamente a un

campo de flores carmesíes. A varios cientos de metros más allá del lindero de

los árboles, pude ver un extraño edificio.

Debo hablar de lo que veía no sólo como Hunwulf, sino también como

James Allison. Hunwulf no comprendía nada más que muy vagamente las cosas

que veía y, como Hunwulf, no sería capaz de describirlas. Yo, en mi vida como

Hunwulf, lo ignoraba todo sobre la arquitectura. Las únicas moradas construidas

por la mano del hombre que yo hubiera visto eran las tiendas de cuero de

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caballo de mi Pueblo y las chozas de tierra con techumbre de paja del pueblo

devorador de cebada... y otros pueblos igual de primitivos.

Así que, como Hunwulf, sólo podría decir que contemplaba una gran

choza, cuya construcción sobrepasaba mi entendimiento. Pero yo, James

Allison, sé que era una torre, de unos sesenta pies de altura, construida con una

curiosa piedra verde, extremadamente pulida, y revestida de una sustancia que

daba la impresión de diáfana transparencia. Era cilíndrica y, por lo que podía ver,

desprovista de puertas y ventanas. El cuerpo principal de la construcción puede

que tuviese setenta pies de altura. En su centro se elevaba una torre más

pequeña que remataba el conjunto.


Aquella torre, con una circunferencia apenas más pequeña que el cuerpo principal del edificio, estaba rodeada por una

especie de galería con un parapeto almenado. Tenía dos puertas curiosamente

abovedadas y ventanas enrejadas con sólidos barrotes, como pude darme

cuenta incluso desde el lugar donde me encontraba.

Aquello era todo. No había ningún signo de presencia humana. Ningún

signo de vida en el valle. Pero resultaba evidente que aquel castillo era lo que el

viejo de la montaña se había esforzado en dibujar. Y estaba seguro de poder

encontrar a Gudrún en su interior... si es que aún vivía.

Más allá de la torre pude contemplar la débil claridad de un lago azulado

en el que se precipitaba la corriente de agua, siguiendo la curvatura de los

muros occidentales. Disimulado entre los árboles, examiné la torre y las flores

que la rodeaban por todas partes. Crecían con exuberancia a lo largo de los

muros y se extendían a lo largo de cientos de metros en todas direcciones.

Volvían a verse árboles al otro extremo del valle, cerca del lago, pero ninguno

crecía entre las flores.

Aquellas flores no se parecían a ninguna planta que hubiera visto hasta

entonces. Crecían muy cerca unas de otras. Tenían unos cuatro pies de altura,

con una sola flor en cada tallo... una flor más grande que la cabeza de un

hombre, con largos pétalos pulposos, muy cerca unas de otras. Aquellos pétalos,

de un color rojo carmesí, parecían heridas abiertas. Los tallos eran tan gruesos

como el puño de un hombre, incoloros, casi transparentes. Las hojas de un

verde venenoso tenían la forma de puntas de lanza, marchitándose en largas

colas serpentinas. Su aspecto era repugnante, y me pregunté lo que camuflaría

su densidad.

Todos mis instintos, desarrollados por una vida salvaje, estaban

fuertemente excitados. Sentía un peligro oculto, exactamente igual al que habría

sentido ante un león emboscado, incluso antes que mis sentidos lo percibieran.

Estudié de cerca las compactas hojas, preguntándome si ocultarían alguna

serpiente inmensa. Mis narices se dilataron al buscar un olor, pero el viento no

soplaba en mi dirección. Sin embargo, había algo anormal en aquel inmenso

jardín. Aunque el viento del norte lo atravesaba, ninguna flor se movía, ninguna

hoja se agitaba. Permanecían inmóviles y sombrías, como aves de presa de

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lánguidas cabezas. Tuve la extraña sensación que ellas me observaban como

criaturas vivientes.

Hubiera podido decirse que era el paisaje visto en un sueño. A ambos

lados, los acantilados azules se elevaban hacia un cielo desprovisto de nubes. A

lo lejos, el lago se sumía en una tranquilidad dormida y la torre, de un verde

fantástico, se alzaba en medio de aquel campo de un color rojo lívido.

Y había otra cosa... Aunque el viento soplase en dirección contraria,

sentía manar de las flores un olor, una exhalación de cubil... de muerte,

podredumbre y corrupción.

Me agazapé bruscamente, permaneciendo a cubierto. Había vida en el

castillo. Una silueta emergió de la torre. Se acercó al parapeto, se inclinó por

encima y miró hacia el valle. Era un hombre, pero un hombre como nunca había

soñado, ¡ni siquiera en una pesadilla!

Era alto y robusto. Su piel era negra, con la tintura del ébano pulido. Pero

los rasgos que hacían de él una pesadilla humana eran las alas de murciélago

que sobresalían por encima de sus hombros aun estando plegadas. Sabía que

sus alas eran auténticas: aquel hecho resultaba evidente e indiscutible.

Yo, James Allison, he meditado largamente sobre aquel fenómeno del que

fui testigo con los ojos de Hunwulf. Aquel hombre alado, ¿era solamente un

monstruo, un ejemplo de una aberración de la naturaleza viviendo en una

soledad y desolación inmemoriales? ¿O bien era el superviviente de una raza

olvidada que había aparecido, reinado y extinguido antes de la llegada del

hombre tal y como nosotros lo conocemos? Quizá el pueblo moreno de las

colinas habría podido responder a aquellas preguntas, pero carecíamos de un

lenguaje común. Sin embargo, me inclino por esta última hipótesis. Los hombres

alados se encuentran muy frecuentemente en la mitología; se les encuentra en

las leyendas populares de numerosas naciones y numerosas razas. Tan lejos

como el hombre puede remontarse en el pasado gracias a los mitos, crónicas y

leyendas, encuentra siempre historias de arpías y dioses alados, de ángeles y

demonios. Las leyendas son los reflejos deformados de realidades

preexistentes. Estoy convencido que, en otros tiempos, hubo una raza de

hombres alados de piel oscura que reinó en el mundo preadánico y que yo,

Hunwulf, encontré al último superviviente de aquella raza en el valle de las flores

rojas.

Estos pensamientos los formulo como James Allison, con mi saber

moderno que es tan imponderable como mi ignorancia moderna.

Yo, Hunwulf, no me daba a tales especulaciones. El escepticismo

moderno no formaba parte de mi naturaleza, y no pretendía racionalizar lo que

parecía no coincidir con un universo natural. No reconocía ningún dios, excepto

Ymir y sus hijas, pero no ponía en duda la existencia .como demonios. de

otras deidades, veneradas por otras razas. Seres sobrenaturales de toda

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especie estaban en pleno acuerdo con mi concepto de la vida y del universo.

Creía tanto en la existencia de dragones, espíritus y diablos como en la de

leones, búfalos y elefantes. Aceptaba aquella aberración de la naturaleza como

un demonio sobrenatural, y no me preocupaba en lo más mínimo ni por sus

orígenes ni por su procedencia. Tampoco me sentía dominado por un pánico

provocado por un terror supersticioso. Yo era un hijo de Asgard que no temía ni

a hombres ni a demonios, y confiaba más en la fuerza demoledora de mi hacha

de sílex que en las plegarias de los sacerdotes y los encantamientos de los

brujos.


Pero no me lancé inmediatamente a la descubierta para ir al asalto de la

torre. La prudencia instintiva de la vida salvaje era mía, y no veía ningún medio

de escalar los muros del castillo. El hombre alado no necesitaba puertas, pues

entraba, por todas las evidencias, por arriba, y la superficie lisa de los muros

parecía desafiar al escalador más avezado. Pero pronto se me presentó un

medio para acceder a lo alto de la torre. Dudaba, esperando a ver si otros seres

alados se presentaban ante mí, aunque tuviese el sentimiento inexplicable que

aquel era el único de su especie en todo el valle... quizá en todo el mundo.

Mientras me mantenía al acecho, oculto entre los árboles, observando, le vi

apartar los codos del parapeto y estirarse con la ligereza de un enorme felino.

Luego atravesó la galería circular y penetró en la torre. Un grito sordo retumbó

en el aire y me tensé, aunque descubrí que no era el grito de una mujer, No

tardó en aparecer el sombrío dueño del castillo, arrastrando tras él una silueta

más pequeña... una forma que se retorcía, se debatía y lanzaba lastimeros

gritos. Vi que se trataba de un hombrecillo moreno, muy parecido a los

habitantes de la aldea de la montaña, capturado, no tenía dudas, del mismo

modo que lo había sido Gudrún.

Mantenido entre los brazos de su gigantesco adversario, parecía un niño.

El hombre negro desplegó las inmensas alas y echó a volar desde el parapeto,

llevado a su cautivo como un cóndor que llevase un corderillo. Planeó por

encima del campo de flores y yo me agazapé en un refugio de hojarasca,

mirando estupefacto el extraño espectáculo.

El hombre alado, planeando en lo alto del cielo, lanzó un grito raro y

fantástico. Fue respondido de un modo terrible. El estremecimiento de una vida

horrible recorrió el campo encarnado que se extendía bajo él. Las grandes flores

rojas temblaron, se abrieron, desplegaron los pétalos carnosos, parecidos a

bocas de serpientes. Los tallos parecieron distenderse y alzarse hacia el cielo

con impaciencia. Las largas hojas se levantaron y estremecieron, produciendo

un sonido curiosamente funesto, como un serpentín de campanas. Un ligero

silbido capaz de poner la carne de gallina retumbó por todo el valle. Las flores

suspiraban, tendiéndose hacia lo alto. Con una risa diabólica, el hombre alado

dejó caer a su cautivo, que seguía debatiéndose vanamente.


Con el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó

rápidamente, aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con

un estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos

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de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores se

asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y

machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mí, ensordecidos; estaba

completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que

se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si

quisieran arrancar sus propias raíces en su deseo por reunirse con sus

congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y retorcían

hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos disminuyeron

y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un terrible silencio

reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con un vuelo apacible y

desapareció en su interior.

Poco después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima

que quedó tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte.

Se habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la

que toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente

transformación era visible en las flores que había en las proximidades del

cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo

sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.

Impulsado por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi

refugio entre los árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo

encarnado. Las flores silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos

como el capuchón de una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás,

corté el tallo de un hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose

como una decapitada serpiente.

Cuando sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El

tallo no era hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco.

Estaba atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos

estaban vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las

hojas al tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban

bordeadas de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.

Cuando aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía

forzada a arrancar la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.

El pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra

armada con clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de

innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler.

En el centro, en el lugar que debía haber ocupado el pistilo, había una punta

arpada, cuya textura recordaba la de una espina, con estrechos canales que

unían los cuatro bordes dentados.

Una vez terminadas mis investigaciones de aquella horrible parodia de

vegetación, levanté súbitamente los ojos, justo a tiempo de ver reaparecer sobre

el parapeto al hombre alado. No pareció sorprendido al verme. Gritó algo en una

lengua desconocida e hizo un gesto burlón mientras yo me quedaba inmóvil

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como una estatua, asiendo fuertemente el hacha. No tardó en dar media vuelta y

penetrar en el interior de la torre, como lo había hecho antes. Y, al igual que

antes, volvió llevando a una cautiva. Mi furor y mi odio casi se sumergieron en el

torrente de alegría que se desbordó en mí al ver que Gudrún estaba viva.

Pese a su fuerza ligera, que era la de las panteras, el hombre negro

mantenía a Gudrún con la misma facilidad con que había sujetado al hombrecillo

moreno. Levantando su cuerpo blanco, que no dejaba de debatirse en el aire por

encima de la cabeza del ser alado, me la mostró mientras lanzaba gritos

sarcásticos. Los rubios cabellos de Gudrún caían sobre los blancos hombros, se

agitaba vanamente y me gritaba, dominada por un terror y un horror extremos.

Raramente una mujer Aesir conoce un terror tan abyecto como el que se había

apoderado de Gudrún. Medí el abismo de la diabólica conducta de su raptor por

sus gritos desenfrenados.

Pero me quedé inmóvil. Si hubiera valido que, para ayudarla, hubiese

tenido que hundirme en el interior de aquel pantano rojo como el infierno,

aceptando ser apresado, traspasado y chupada toda mi sangre por aquellas

flores diabólicas, lo hubiese hecho. Pero aquello no habría ayudado en nada. Mi

muerte, solamente, la habría privado de su único defensor. Así que me quedé

inmóvil mientras Gudrún se retorcía y sollozaba, mientras las risotadas del

hombre negro hacían desbocarse en mi cerebro las rojas oleadas de la

demencia. En un momento, hizo un gesto como de arrojarla entre las flores. Mi

control de acero estuvo a punto de ceder y de impulsarme en aquel mar rojizo e

infernal. Pero sólo era un simulacro. No tardó en arrastrarla de nuevo a la torre y

lanzarla a su interior. Luego volvió al parapeto, apoyando en él los codos y

quedándose en aquella postura para observarme. Aparentemente, jugaba

conmigo como un gato hace con un ratón antes de matarlo.

Sin embargo, con el hombre negro todavía acechándome, volví la espalda

y me hundí en el interior del bosque. Yo, Hunwulf, no era un pensador, al menos

no en el sentido que lo entienden los hombres modernos. Vivía en una época en

la que las emociones se traducían por el golpe del hacha de sílex más que por

los elaborados productos del intelecto. Y, pese a todo, yo no era el animal

desprovisto de inteligencia que el hombre supone que debía ser. Poseía un

cerebro humano, estimulado por la eterna lucha de la existencia y la supremacía.

Sabía que no podía franquear vivo la banda rojiza que rodeaba el castillo.

Antes que pudiera dar una docena de pasos, una multitud de puntas dentadas

se habrían hundido en mi carne y sus bocas ávidas chuparían la sangre de mis

venas para alimentar su apetito demoníaco. Incluso mi energía de tigre me sería

inútil para intentar abrirme camino entre ellas.

El hombre alado no me siguió. Mirando por encima del hombro, le vi

acodado solemnemente en la misma posición. Cuando sueño, como James

Allison, los sueños de Hunwulf, esta imagen se encuentra como grabada en mi

mente. Veo la silueta de gárgola, con los codos plantados en el parapeto, como

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un meditabundo diablo medieval, agazapado sobre las almenadas murallas del

Infierno.

Franqueé las gargantas del valle y penetré en el que había más allá, en el

que los árboles se diseminaban y los mamuts seguían las corrientes de agua

con su pesado deambular. Me detuve tras sobrepasar a la manada y, sacando

dos piedras de sílex de la mochila, me agaché e hice saltar una chispa hacia la

seca hierba. Yendo rápidamente de un sitio para otro, eligiéndolos

cuidadosamente, encendí una docena de hogueras, dispuestas en un amplio

semicírculo. El viento del norte las atizó, las hizo propagarse y las empujó ante

él. En pocos instantes, una muralla de llamas avanzó con rapidez hacia el fondo

del valle.

Los mamuts dejaron de comer, levantaron las grandes orejas y lanzaron

barrites de alarma. No temían más que una cosa en el mundo: ¡el fuego!

Empezaron a batirse en retirada hacia el sur, las hembras empujando a las crías

ante ellas; los machos barritando tan fuerte como harán las trompetas en el

Juicio Final. Con un gruñido de tormenta, el fuego extendiéndose acelerado, los

mamuts huían ante la conflagración precipitadamente, en desorden. Era un

terrible huracán de carne, un terrible temblor de tierra, huesos y músculos

devastando y aplastándolo todo a su paso. Los árboles estallaban y caían ante

ellos, el suelo temblaba bajo sus patas violentas. Tras ellos llegaba el rápido

fuego. Y, justo detrás, iba yo, siguiendo las llamas tan de cerca que la tierra

humeante me quemaba las sandalias de piel ciervo.

Atravesaron el estrecho gollete con un gruñido retumbante, nivelando los

espesos bosquecillos como una guadaña gigantesca. Los árboles eran

arrancados y desarraigados; era como si un tornado se hubiera abismado por el

pasadizo.

Con el trueno ensordecedor de sus patas machacando la tierra entre

barrites, se desbocaron hacia el mar de flores rojas, como una devastadora

tempestad. Las plantas demoníacas habrían hecho caer a un solo mamut

aislado, pero, bajo el impacto de la manada entera, parecían flores ordinarias.

Los mastodontes, enloquecidos por la furia, las aplastaron por completo, las

patearon, las machacaron, las abatieron, las hicieron jirones, hundiéndolas en la

tierra, que absorbió sus humores.

Temblé por un instante, temiendo que aquellos brutos continuaran su loca

carrera hacia el castillo y que éste fuera incapaz de soportar su asalto fatal.

Evidentemente, el hombre alado compartía mis temores, pues se lanzó

enérgicamente desde lo alto de la torre y voló rápido hacia el cielo, dirigiéndose

hacia el lago. Pero uno de los machos se dio de cabeza contra la muralla, rebotó

sobre la superficie uniforme, lisa y sin curvas, y embistió contra el que le seguía

inmediatamente y el rebaño se dividió en dos. Sobrepasaron mugiendo la torre,

rodeándola por los lados. Los mastodontes pasaron tan cerca de ella que sus

flancos velludos se rasparon contra las murallas. Bajaron a lo largo del campo

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encarnado y se dirigieron en medio del estruendo de los truenos hacia el lejano

lago.

El fuego alcanzó el lindero de los árboles y se apagó por sí solo. Los

restos aplastados y atestados de savia de las plantas rojas no ardían. Los

árboles, sin raíces o aún en pie, humeaban y crepitaban, devorados por las

llamas. Ramas ardientes llovían a mi alrededor mientras me abalanzaba a través

de los árboles. Luego corrí hacia el gigantesco guadañazo que la carga de la

manada había producido en el lívido campo.

Mientras corría le grité a Gudrún, quien me respondió.

Su voz sonaba ensordecida y acompañada por un martilleo. El hombre

alado la había encerrado en la torre.

Cuando llegué a la base de las murallas del castillo, pisoteando lo que

quedaba de las flores rojas y los tallos serpentinos, desenrollé la cuerda de

cuero en bruto, la hice girar y envié la lazada hacia arriba, apuntando a uno de

los morlones del parapeto almenado. No tardé en trepar a pulso por ella,

agarrándola entre los dedos de los pies, hiriéndome codos y dedos contra el liso

muro mientras permanecía suspendido en el aire.

Estaba a menos de cinco pies del parapeto cuando fui galvanizado por un

batir de alas cerca de mi cabeza. El hombre negro se abatió desde lo alto del

cielo y se posó en la galería. Tuve una buena vista suya cuando se inclinó por

encima del parapeto. Sus rasgos eran rectos y regulares; no había en él ninguna

sugerencia de rasgos negroides. Sus ojos eran aberturas oblicuas y los dientes

le brillaban con un salvaje rictus de odio triunfal. Durante mucho, muchísimo

tiempo, había reinado en el valle de las flores rojas, cobrando un tributo de vidas

humanas a los desgraciados pobladores de las colinas, llevándose por los aires

a víctimas inocentes para que sirvieran de alimento a sus flores carnívoras,

aquellos medio animales que eran sus súbditos y sus protegidos. En aquellos

momentos, yo estaba en su poder; mi encarnizamiento y audacia no habían

servido de nada. Un único golpe de la curva daga que empuñaba me enviaría al

pie de la muralla, cayendo hacia la muerte. En alguna parte, Gudrún, viendo en

qué peligro me encontraba, lanzaba gritos de bestia salvaje. Luego, una puerta

se rompió con un estrépito de paneles en explosión.

El hombre negro, dedicado a su demoníaco plan, apoyó el borde acerado

de la hoja contra la cuerda de cuero... luego, por su espalda, un brazo blanco y

vigoroso se cerró sobre su cuello y fue violentamente echado hacia atrás. Por

encima de sus hombros pude ver la cara magnífica de Gudrún, sus hirsutos

cabellos, sus ojos dilatados por el horror y la rabia. El hombre negro se volvió

con un rugido, luchando contra su presa. La arrancó de su cuello y la tiró contra

la torre con tal violencia que Gudrún quedó inmóvil, medio aturdida. Luego, se

volvió hacia mí. Pero, en el mismo instante, yo terminaba de trepar ya hasta el

parapeto y saltaba hacia la galería empuñando el hacha.

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Dudó por unos instantes; medio desplegó las alas. Aún asía la daga,

preguntándose si debía batirse o huir por el aire. Por la talla, era un gigante, y

sus músculos destacaban como surcos ribeteados por todo su cuerpo. Pero

dudaba, tan inseguro como un hombre enfrentado a una bestia.

Yo no dudé. Con un rugido que me nació en el fondo de la garganta, salté

hacia adelante y eché hacia atrás el hacha con toda mi fuerza de coloso. Con un

grito estrangulado levantó los brazos. Pero el filo del hacha se hundió entre ellos

silbando y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a sangrientos fragmentos.

Me volví hacia Gudrún. Se arrodilló titubeante y, luego, me echó los

brazos al cuello en un frenético abrazo de amor y miedo, abriendo los ojos de

forma desorbitada y mirando el lugar en que yacía el alado señor del valle. La

pulpa enrojecida que había sido su cabeza se bañaba en un océano de sangre y

cerebro.

A menudo he deseado que fuera posible reunir las diversas vidas que han

sido la mía en el interior de un único cuerpo, aliando las experiencias de Hunwulf

con el saber de James Allison. Si hubiera podido ser así, Hunwulf habría

franqueado la puerta de ébano que Gudrún había hecho saltar en pedazos con

un sobresalto de desesperada energía. Habría penetrado en aquel salón

fantástico que se atisbaba entre los dislocados paneles. Aquella habitación

estaba atestada de muebles extraños y de anaqueles cubiertos de rollos de

pergamino. Habría desplegado aquellos rollos y se habría inclinado sobre los

caracteres hasta haberlos descifrado y, quizá, leído las crónicas de aquella raza

extraña de la que acababa de matar a su último superviviente. Seguramente su

historia era más rara que los sueños engendrados por el opio y tan maravillosa

como la narración de aquella Atlántida que se tragaron los mares en tiempos

remotos.


Pero Hunwulf no poseía tal curiosidad. Para él, la torre, la habitación de

los muebles de ébano y los rollos de pergamino eran emanaciones de la

brujería, cosas carentes de sentido e inexplicables, cuyo significado residía en

su propio carácter diabólico. Aunque la solución del misterio se hallase al

alcance de su mano, estaba tan inmensamente alejado de ella como de James

Allison, que no debía nacer más que al filo de los milenios.

Para mí, como Hunwulf que era, el castillo no resultaba ser más que una

trampa monstruosa. Sólo sentía por él una sola emoción y un solo deseo:

abandonarlo lo antes posible.

Con Gudrún agarrándose a mí, me deslicé hasta el suelo, luego solté la

cuerda con un hábil movimiento de torsión y la volví a enrollar. Nos alejamos,

tomados de la mano, y seguimos el camino abierto por los mamuts que se

perdían en la distancia. Nos dirigimos hacia el lago azulado en el extremo sur del

valle y hacia la embocadura de los acantilados que se alzaban más allá.


FIN