domingo, 12 de julio de 2009

LOS SABIOS DE LA TUNICA COLOR CIRUELA


En aquellos tiempos vivía en China un grupo de monjes conocidos con el nombre de Sabios de la Túnica color Ciruela. Convertirse en un Sabio de la Túnica color Ciruela exigía una gran disciplina. Para los aspirantes el camino era difícil y duro, los días ingratos y las noches largas.

El monasterio de los Sabios de la Túnica color Ciruela estaba en las montañas, al noroes­te de Lo-Yang, la capital de entonces, muchos siglos antes de nuestra Era.

Los sabios, que eran treinta y tres, el mismo número de las energías de la Tierra, caminaban recorriendo China desde un solsticio de invierno hasta el siguiente. Dondequiera que se detuvie­sen al azar de su camino se les acogía con respeto y alegría; la llegada de un sabio repre­sentaba buena suerte para un pueblo. Todos los habitantes interrumpían sus actividades para re­unirse a su alrededor en el pozo central.

El sabio tomaba asiento en el brocal del pozo y, según las circunstancias, impartía enseñanza o hacía que le contasen las dificultades del mo­mento. Si alguien decía: «El año ha sido duro, la cosecha de arroz mala», el sabio no respondía nada, pero su modo de escuchar era de tal calidad que aportaba esperanza y consuelo.

Uno de esos sabios recorría hacía años el país. Un día se detuvo en el pueblo de Ling Ding. Después de algunas preguntas relativas al emperador, al tifón que había asolado las costas, al hambre del Sur, alguien le preguntó: «¿Qué significa este pueblo? ¿Por qué estamos aquí y no en otro sitio?»

El sabio paseó la mirada lentamente sobre los reunidos y dijo: «Aunque no lo sepa, cada indivi­duo se encuentra limitado por el nacimiento, por la educación o por su propia satisfacción. Cada uno de vosotros está limitado de una forma u otra». Sorprendida, la gente intercambiaba miradas entre sí. Incluso se oyeron algunos murmullos. Finalmente, un hombre se adelantó hacia el sa­bio y afirmó: «Yo no me considero limitado. Tengo todo lo que quiero».

Entonces el sabio sonrió. «La limitación se encuentra a veces incluso en el hecho de no sentirse limitado».

Entre la gente del pueblo había un joven que se llamaba Chao Mu. Tenía veintidós años y nunca había abandonado el lugar de su naci­miento. Desde la más tierna infancia ayudaba a su padre a cultivar arroz. Le habían prometido a los seis años y, para crear una familia, igual como su padre y su abuelo antes que él, había roturado un campo, piedra tras piedra, lo había regado y sembrado. También había construido una casa durante los días de lluvia en que no podía salir a trabajar. La fecha de su boda se acercaba.

Ver al sabio despertaba en él nostalgia y le invadía una sensación de profunda soledad. Hacía un tiempo que numerosas preguntas se planteaban en su ánimo, pero las guardaba para sí: «¿No existe más que esta vida?... Esta vida que dedico a plantar y cosechar, y luego volver a casa a dormir hasta la mañana siguiente y volver a empezar...»

Por fin encontraba a uno de esos seres que son capaces de aliviar el sufrimiento, de ayudar a un hombre a superar sus problemas.

Por fin encontraba a un ser que podría res­ponder a sus preguntas.

Como el sabio ya se disponía a partir, no se contuvo y le preguntó:

-¿Puedo acompañarte? Quisiera que me en­señases la vida.

A su alrededor, los campesinos callaron, y cada uno de ellos se preguntaba: «¿Qué ocurrirá con su prometida, con su campo, con su casa? Ha trabajado tanto y tan duramente con sus propias manos...»

El sabio, que adivinaba sin dificultad todos esos pensamientos, le preguntó:

-¿Estás seguro de ti mismo?

-Sí -respondió el joven.

-Entonces, vamos.

Con estas palabras, los dos se pusieron en camino. Chao Mu sólo se volvió una vez para decir:

-La casa y el campo pertenecen ahora a la que fue mi prometida.

El sabio y el joven caminaron durante un buen rato en silencio. Al pasar bajo un membri­llo, el sabio tomó un fruto, encendió fuego para cocerlo y se lo tendió a su compañero.

-No me gustan los membrillos -declaró Chao Mu.

-Limitación -replicó el sabio. Reemprendieron la marcha y Chao Mu vio un ciruelo en un prado.

-¡Oh, qué hermosas frutas! ¡Me encantan las ciruelas! -exclamó con alegría.

El sabio dijo otra vez: -Limitación.

Y sin añadir nada más, prosiguió tranquila­mente su camino.

Unas horas más tarde llegaron a la orilla de un río al que daban sombra unos árboles de troncos sinuosos. El agua se deslizaba apaciblemente y unos cisnes nadaban siguiendo la corriente.

-¡Oh, qué belleza!, ¿verdad? -exclamó Chao Mu. Una vez más, el sabio respondió:

-Limitación.

Cruzaron el río y entonces vieron, de repen­te, en la ribera, el cuerpo de un hombre al que habían apaleado y desvalijado.

-¡Es horrible! -murmuró el joven.

Y una vez más el sabio replicó tranquilamente:

-Limitación.

Mientras caminaba, Chao Mu iba pensando. Cualesquiera que fuesen sus palabras, el sabio respondía invariablemente: «Limitación». ¿Qué te­nía que decir para conseguir otra respuesta?

En ese momento pasaban ante una granja. Los niños estaban jugando en el patio. Sentados en un banco, el padre y la madre les miraban. El joven se detuvo y contempló la escena con placer, percibiendo la sensación de alegre liber­tad que esa familia exhalaba, despertándola en él.

En ese mismo momento, el sabio exclamó:

-¡Eso es armonía!

Chao Mu se volvió hacia él. Estaba muy sor­prendido.

-Si yo no he dicho nada...

-Es verdad, pero en este momento vives la armonía -dijo el sabio.

El camino les llevó a continuación junto a un río. Había una roca en medio de la corriente y el agua se estrellaba contra ella con furia, y saltaba por el aire, pasando a la vez alrededor y por encima del obstáculo.

-Mira esa roca -le dijo el sabio a Chao Mu-. Es una imagen de la armonía. El agua intenta empujar a la piedra con violencia, la golpea con dureza y quiere apartarla. La piedra no contraataca, deja que el agua pase, por encima, por los lados, pero no se mueve. ¡Eso es armonía!

Chao Mu observó durante un buen rato la roca, con expresión abstraída...

Cuando ya caía la noche, el sabio eligió un lugar propicio para detenerse, recogió un poco de leña y el fuego brotó enseguida. El discípulo, que miraba lo que hacía, no comprendió cómo... El camino había sido largo y, poco después, Chao Mu, tendido en el suelo, volvía a ver los años en que había labrado su campo y construido su casa. En ese momento su único bien lo componían las ropas que llevaba y el cielo que tenía sobre la cabeza. Pero sonreía: había encontrado a un maestro, un hombre que le mostraba lo que nunca había. visto y que le enseñaba a considerar la vida de otra manera...

El frío de la mañana le despertó sobresaltado. El fuego se había apagado. Y... ¿dónde estaba el sabio? Ahí estaba su manto. Del río llegaba el ruido de unos chapuzones. Chao Mu metió la mano en el agua e inmediatamente su brazo empezó a entumecerse.

-¡Brrr, está demasiado fría! Esperaré a que salga el sol -exclamó.

-¡Limitación! -le gritó el sabio y, sin saber cómo, el discípulo se sintió lanzado al agua. Salió de ella helado, con la ropa chorreando. El sabio seguía nadando.

¿Quién me ha empujado?

-Tus limitaciones te han empujado.

Una vez reanimado el fuego, el joven, tem­blando de frío, pudo poner su ropa a secar, mientras el sabio le explicaba:

-No hay calor ni frío. Cuando dices «está caliente», te limitas; cuando dices «está frío», tam­bién te limitas.

-Pero en tal caso ya no se puede hablar, ya no se puede decir que hace calor o que hace frío -se quejó Chao Mu.

-Oh, si no tienes nada más que decir, más vale que te calles -replicó el sabio.

Chao Mu comprendió entonces que le que­daba mucho que aprender.

Echaron otra vez a andar, caminaron y cami­naron, y llegaron a otro pueblo. El sabio se sentó en el brocal del pozo según su costumbre. Chao Mu escuchaba atentamente sus palabras. Las personas eran otras, las situaciones distintas, pero las palabras seguían siendo las mismas, y el joven se acostumbró a encontrárselas de pue­blo en pueblo.

A veces, alguno se levantaba y solicitaba se­guir al sabio, apartándose de lo conocido para ir hacia la novedad. Éste recibía una enseñanza del maestro. Algunos le abandonaban ensegui­da, para ir solos más lejos o para volver a sus pueblos.

Pasó el verano y llegó el otoño. Cuatro discípu­los acompañaban entonces al sabio. Chao Mu em­pezaba a percibir mejor la vida en los elementos, en los animales y en todo lo que existía a su alrededor. Un día, dirigiéndose al sabio, le dijo:

-Quisiera saber de dónde vengo, conocer la energía que me anima. ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? Y eso ¿vale la pena?

El sabio le sonrió con mucha dulzura.

-Todas las preguntas de tu corazón encuen­tran su respuesta. Ten paciencia.

A lo largo de los meses que siguieron, yendo de pueblo en pueblo, deteniéndose a orillas de los ríos o sentado bajo un árbol, Chao Mu aprendió mucho: acerca de su disciplina, de sus limitacio­nes, de su equilibrio o su desequilibrio. Se conocía mejor. Sin embargo, tenía la sensación de no estar aún más que al principio del camino.

Cuando llegó el equinoccio de otoño, los discípulos se agruparon alrededor de su maestro para celebrar ese especial momento del año. Hicieron juntos un fuego y el sabio, añadiendo leña, pronunció las siguientes palabras:

-Que el calor de este fuego se manifieste a través de nosotros a todos los que encontremos en nuestro camino. Que su luz se perciba a través de las tinieblas más espesas.

Al día siguiente el sabio se dirigió a un pueblo grande y se sentó en una piedra, al lado del pozo.

Un hombre se acercó para pedirle consejo.

-Oh, maestro, mi familia siempre está enferma y mi ganado no medra. Cada mañana despierto pen­sando en los problemas que el nuevo día me traerá.

Después de mirarle con atención, el sabio dijo:

-Para empezar, vas a quitarte este manto negro que llevas. Ahora, vamos a ver lo que ocurre en tu casa.

La casa que vieron estaba pintada de rojo y amarillo, y decorada con motivos negros.

Vuelve a pintar tu casa de blanco, con un poco de azul aquí y allá -le ordenó el sabio al campesino. Luego prosiguió su visita, pidiéndole a la mujer del campesino que cambiase también el color de su ropa, observando a los niños e indicando qué colores utilizar en cada dependencia de la casa. Para acabar, aún le dijo al hombre:

-Y ahora, empieza a vivir.

-Cuando estuvieron a cierta distancia de la casa, Chao Mu no pudo evitar el expresar su sorpresa:

-¿Por qué cambiar tantas cosas en la vida de este hombre? ¿Por qué no les has hablado más bien de la felicidad ni le has dedicado palabras sabias? ¿Por qué no le has enseñado a ver la belleza como a nosotros nos enseñaste?

-Porque ése no era el origen de sus dificul­tades ni del desequilibrio de su familia. El mun­do terrestre está compuesto por cosas positivas y negativas, por ácido y álcali. Cada color, cada prenda de vestir, es positivo o negativo -expli­có el sabio-. Por ejemplo, el rojo, el amarillo el naranja y el negro son colores negativos; el índigo, el azul, el violeta y el blanco son colores, positivos. El verde es neutro. La seda y la lana son positivas, el algodón es negativo. Los gatos son negativos, los perros positivos. El alimento es ácido o alcalino. Ocurre lo mismo con la música y con todas las cosas de este mundo. Es así como, buscando el equilibrio en su entorno, este hombre mejorará su vida.

El otoño avanzaba, el tiempo cambiaba y Chao Mu tenía tiempo libre para meditar en las palabras de su maestro. Le sorprendía la impor­tancia de la acidez o de la energía negativa en la vida humana.

El frío aumentaba de día en día y empezó a nevar. El grupito se dirigía hacia las montañas. El sabio había enseñado a sus discípulos cómo conservar el calor con la fuerza del pensamien­to, sin necesidad de muchas prendas de vestir.

Cada noche, reunidos alrededor del fuego, se aprovisionaban de calor para toda la noche.

Esa noche, en lugar de dormir como sus com­pañeros, Chao Mu observaba los ojos de un conejo en la nieve y los de un corzo que miraba el fuego, mientras revisaba mentalmente todo el saber que había recibido. Admiraba la blancura de la nieve. Ya no le sorprendía que siempre le hubiese gusta­do tanto... lo blanco es positivo y esa blancura le prestaba energía. El frío es positivo, el calor negati­vo... el sol es positivo, la luna negativa...

Vio entonces que el sabio se levantaba, car­gaba su hatillo a la espalda y se marchaba. Chao Mu le imitó y el maestro se llevó un dedo a los labios para recomendarle silencio. Los dos se alejaron. La nevada caía copiosa, borrando las huellas de sus pasos detrás de ellos.

Por la mañana llegaron a un valle, en cuyo fondo se alojaba un gran monasterio. Se veía llegar de todas partes Sabios del Manto color Ciruela, cada uno de ellos acompañado por un solo discípulo.

Cuando se encontraron al pie de las murallas, el sabio se volvió a Chao Mu y le dijo:

-¿Ves esta silla de bambú? Es la tuya. No te levantes bajo ningún pretexto hasta que venga a buscarte.

Y el sabio desapareció en el monasterio con los otros monjes. Era el día del solsticio de invierno.

Chao Mu observó a los treinta y dos discípu­los que estaban sentados en círculo con él, cada uno en una silla de bambú. Algunos parecían más experimentados que otros, como si hubie­sen pasado por momentos duros. Esa noche, una gran luminosidad bañó el monasterio y los discípulos oyeron cantar a los sabios celebrando el solsticio de invierno, el nacimiento del sol. Chao Mu esperaba que su maestro fuese a bus­carle por la mañana. Pero no pasó nada. Esperó todo el día, y luego llegó la noche y hubo gran agitación entre los discípulos.

Chao Mu sintió hambre y recordó que llevaba una galleta de arroz en el bolsillo. Comió un boca­do y chupó un poco de nieve para aplacar la sed.

De repente, un discípulo se levantó y se dirigió hacia los matorrales en busca de algo que comer. Misteriosamente, su silla desapare­ció; cuando regresó, ya no había lugar para él. Miró por todas partes, desesperado, y acabó comprendiendo que tenía que marcharse.

Pasaron los días, se convirtieron en semanas. Poco a poco, las sillas iban desapareciendo: o bien un discípulo se desvanecía y caía al suelo, o se levantaba.

En primavera no quedaban más que diez que hubiesen soportado el invierno y que ahora vi­vían las lluvias primaverales y la nueva flora­ción. Aprendían a atrapar al vuelo una hoja llevada por el viento y a masticarla lentamente, o a comer lo que crecía próximo, una raíz o una hierba. La disciplina no sólo les había curtido sino que había agudizado sus percepciones. Lle­gó el verano y, con él, el calor sofocante. Ya no quedaban más que cuatro. En otoño, quedaban dos.

Los músculos de Chao Mu se mantenían sóli­dos y su espalda derecha. Podía relajarse y lle­nar cada parte de sí mismo de conciencia y calor. Le bastaba pensar en bayas o raíces... y se materializaban sobre sus rodillas; le bastaba pen­sar en agua... y su cuenco estaba lleno. Llegó un día en que se quedó solo. Era la vigilia del solsticio de invierno.

Ése fue el día en que regresó el sabio. Ven conmigo -le dijo a Chao Mu. Cuando el joven se levantó vio a un nuevo discípulo a quien el sabio hacía sentar en la silla de bambú. Le hubiese gustado hablar con él, advertirle de lo que le esperaba. Pero sabía que no tenía que hacerlo.

El sabio le hizo entrar en el monasterio, a él, que era el único que había quedado en todo el año, para celebrar la fiesta del solsticio en compañía de todos los sabios.

Chao Mu preguntó entonces:

-¿Qué pasa aquí? Al parecer sólo un discí­pulo consigue mantenerse fiel y en su puesto durante todo un año.

-Sí -respondió el sabio-. Cada año se retira uno de los treinta y tres que somos, cuan­do ha completado su trigésimo tercer periplo. Tras un año en el monasterio, estarás preparado para ser un Sabio del Manto de color Ciruela y reemplazarás a uno de nosotros.

Y así se hizo.

Han pasado los siglos, los sabios han dejado su manto pero la tradición no muere. Manteneos atentos. ¿Tal vez habéis encontra­do a uno de esos treinta y tres sabios en vues­tras vidas? ¿Quién sabe? La vida es tan misteriosa...

LA ENSEÑANZA DEL SABIO DE LA TÚNICA COLOR CIRUELA

Bajo las ramas de un árbol, al borde del camino, Chao Mu meditaba. Un joven se llegó a él, trastornado.

-¡Es horrible! Vuelvo de la ciudad imperial, Lo-Yang, y sólo he visto por todas partes robos, niños apaleados, hambre y guerra. En el palacio, en torno al emperador, la gente se deja llevar por los más bajos instintos. En la ciudad, las calles están sembradas de inmundicias y apes­tan. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué debo hacer? Ven a sentarte aquí un momento, junto a mí -dijo el sabio.

Se quedaron allí mucho rato, silenciosos. Lue­go, el sabio se levantó y llevó consigo a su compañero hasta el camino.

Mientras andaban en silencio, se dieron cuenta de la belleza de las flores, de la fortaleza de las árboles. Llegaron a un pueblo al mediodía, don­de las gentes descansaban y todo irradiaba paz. Al recorrer el pueblo, el estudiante murmuró: -Sin embargo, esta mañana la gente se pe­leaba y gritaba...

Más allá se veía un campo donde los solda­dos descansaban, y el estudiante observó: -Hace unas horas guerreaban y ahora están tan tranquilos...

De madrugada, el sabio y el joven llegaron a Lo-Yang. Las calles estaban limpias, la gente iba tranquilamente a sus asuntos y el aire fresco halagaba el olfato. Pasearon un rato por el pala­cio imperial, y luego se sentaron en el patio. El emperador se acercó a ellos sonriendo y dijo:

-Hoy es un día de paz y de amor.

En el camino de regreso, el estudiante mani­festó su sorpresa:

-¿De dónde procede este cambio, si ayer mis ojos no encontraban por todas partes más que muerte y negatividad?

-Oh, es muy sencillo -dijo el sabio-. Lo que tú eres se refleja a tu alrededor. Y donde­quiera que estés ves tu propia realidad.

* * *

Un día, cuando Chao Mu descansaba a la sombra de un árbol, no muy lejos de un cruce de caminos, apareció un hombre muy apurado. Miraba a la derecha, luego a la izquierda, y acabó preguntándole al sabio:

Dime, noble anciano, ¿qué camino debo tomar?

-Ninguno -respondió Chao Mu.

-Pero tengo que seguir mi camino.

-Bueno, si dudas detente y espera a saber lo que tienes que hacer.

El viajero se sentó entonces al lado del sabio, en silencio. Un estudiante que pasaba por allí les preguntó:

-Decidme, ¿por dónde tengo que ir?

Sin darle al sabio tiempo para contestar, el hombre dijo:

-Toma el camino que hay frente a nosotros. Poco después apareció otro estudiante con la mis­ma pregunta. Nuevamente, el viajero, sentado, res­pondió antes que el sabio, diciendo en esa ocasión:

-Toma el camino de la izquierda.

Poco después, el viajero envió a un tercer estudiante por el camino de la derecha, y a un cuarto por el último camino.

Pasó largo rato. Finalmente, el sabio y el viajero vieron regresar al primer estudiante, con magulladu­ras y ensangrentado, luego al segundo, al que le habían robado la ropa. Al último le había detenido la crecida del río. Tan sólo el tercero no reapareció. Lleno de alegría, el viajero se puso en pie exclamando:

-Ahora ya sé qué camino tomar y se fue corriendo por el camino que había seguido el tercer estudiante.

Los que habían regresado, agotados por su aventura, tuvieron en todo caso la curiosidad de preguntarse:

-Pero ¿por qué ha elegido ese camino?

-Reflexionad -dijo el sabio-. De la muer­te no se regresa.

* * *

En esa ocasión, Chao Mu había elegido des­cansar a la sombra de un azufaifo.

Un estudiante le abordó sollozando.

-Oh, Maestro, estoy muy enfermo. La pierna y la cabeza me hacen sufrir horriblemente.

Como el sabio no contestaba, insistió: -Maestro, necesito tu ayuda, estoy sufriendo mucho y tengo miedo.

El sabio seguía sin salir de su silencio y el estudiante volvió a la carga:

-¿Qué puedo hacer con mi pierna? ¿Y con mi cabeza?

El sabio señaló con el dedo un lugar a su lado y el estudiante se sentó, siguiendo con sus sollozos sin que el sabio pareciese preocuparse lo más mínimo por eso. En todo caso, un mo­mento después tomó la palabra:

-Mira ese pájaro que hay en la rama. Mira qué bonitos son sus colores... ¿Te das cuenta de que no manifiesta ni canta más que la belleza?... Observa las flores del prado... y las alas de esa mariposa... Escucha el arroyo que murmura a través del prado y el susurro del viento en las hojas...

-Sí, ya lo veo, ya oigo todo eso -acordó el estudiante.

-Tú no eres diferente de todas esas cosas. Si te mantienes atento a la belleza y si te das tiempo para contemplarla, tu cuerpo no sufrirá. -¿Por qué hablas de sufrimiento? ¿A qué sufrimiento te refieres? -se sorprendió el estu­diante, que había olvidado todos sus males.

* * *

En esa época del año, todos los sabios y magos del imperio se encontraban reunidos en Lo-Yang para comparar sus conocimientos. Cada uno de ellos había llevado a sus discípulos. Éstos se vanagloriaban los unos ante los otros de los poderes de sus respectivos maestros.

Un árbol se levantó, hizo unas piruetas en el aire y volvió a plantarse en el suelo.

-Mirad. ¿Habéis visto cómo mi maestro ha movido ese árbol?

Otro desplazaba una roca, éste caminaba so­bre el lago, aquel conseguía volar por encima de la multitud...

Y cada estudiante se pavoneaba, alabando a su maestro y las proezas de las que era capaz. Sólo había uno que lo observaba todo y permanecía en silencio. Los otros acabaron por volverse hacia él.

Y tu maestro ¿qué hace?

-¿Mi maestro? Está allí.

Miraron por todas partes inútilmente. Ahí, ¿no lo veis? Está sentado junto a un árbol. Pues ¿qué es lo que hace de extraordinario?

-Oh, tiene mucho poder. Cuando está sen­tado, está sentado; cuando anda, anda, y cuan­do duerme, duerme.

Un estudiante acompañaba al viejo sabio cuan­do iba de un pueblo a otro. Un día le preguntó: -¿A dónde vamos?

¿Importa eso? Caminamos dándonos el gusto de contemplar todo lo que nos rodea.

-Pero yo quisiera saber a dónde vamos. -¿Por qué tienes que saber a dónde vas? -Para saber cuándo he llegado.

-Bien, voy a contestar a tu pregunta. Vamos justamente adonde estamos ahora.

-En ese caso, detengámonos.

-No, porque vamos justamente adonde esta­mos ahora pasando a lo largo de toda nuestra vida.

* * *

El viejo sabio salía del agua chorreando y sus discípulos, sentados en la orilla, reían, burlándo­se de él porque le habían visto tropezar en las piedras y caer al río. El sabio les miraba con semblante severo, parecía enojado, lo que hizo redoblar las risas. Le vieron desnudarse, encen­der un fuego y poner su ropa a secar.

Para aquellos jóvenes, que seguían las ense­ñanzas de su maestro cada día, verle caer en el agua había sido una revelación.

Sin decir una palabra, el sabio volvió a po­nerse la ropa en cuanto estuvo seca y, siempre en silencio, saltó al río y lo cruzó, haciendo signos a sus discípulos de que le siguiesen.

¿Qué tenían que hacer? ¿Iba el maestro, se­gún su costumbre, a enseñarles una lección pro­funda? Cada uno de ellos a su vez saltó al agua y llegó a la otra orilla.

Entonces el sabio les preguntó sonriendo: -¿Quién es más estúpido, el que tropieza o el que no hace más que seguir?

* * *

El viejo sabio estaba sentado según su cos­tumbre bajo un ciruelo. Un joven se acercó a él, intrigado.

Anciano, ¿eres un sabio o un maestro?

El sabio tomó una hermosa ciruela y se la tendió al que preguntaba.

-¿Qué es esto?

-Una ciruela, evidentemente. Ah, ¿sí? Y ¿cómo lo sabes?

-Bueno, porque lo sé.

Pues yo no debo ser ni un sabio ni un maestro.

* * *

Cada día, el viejo sabio caminaba tranquila­mente. Sus discípulos eran escasos, porque él no se mostraba hablador. Hablaban ellos y él se contentaba con una ligera inclinación de cabeza o con una reflexión aquí y allá. Enseñaba más con sus actos que con sus palabras. A ellos les correspondía averiguar el significado.

A veces le llamaban el sabio loco por su manera de desconcertar a sus estudiantes.

Un día, uno de ellos le preguntó:

-¿Puedo hablar contigo?

-Por supuesto. Estáte mañana por la maña­na en el ciruelo a la salida del sol.

A la hora convenida, el estudiante acudió a la cita. El sabio no estaba. El tiempo pasó y pasó. Por fin, el joven se fue, decepcionado.

Al día siguiente, cuando volvió a ver al sabio, exclamó:

-¿Dónde estabas? No te vi bajo el ciruelo.

-Estaba en el árbol. ¿Por qué no miraste arri­ba? Ya te lo dije muy claro: «En el ciruelo». Escucha lo que te dicen y aprende a observar a tu alrede­dor. No te quedes con lo que parece obvio.

* * *

En su enseñanza, el viejo sabio de la Túnica de color Ciruela decía:

La naturaleza es la clave que lleva a la compren­sión de la naturaleza humana, ya que está en el hombre tanto como en un vergel o en la corriente de un río. Como lo sentís y lo veis, observando el crecimiento de las plantas, el fuego da impulso, el agua refresca, el viento dispersa las semillas y participa en la fertilización, la tierra permite el nacimiento de la belleza. Asimismo, el hombre es fuego, agua, aire y tierra. Es invierno, primavera, verano y otoño. Perte­nece a la naturaleza y, cuando vive en armonía con ella, comprende la paz que en ella existe.

»Comed una ciruela, tiene buen sabor, regenera vuestro cuerpo. El ciruelo está bien mientras sigue creciendo y dando frutas. De la misma manera, vosotros sois una naturaleza en crecimiento. Al respetar la naturaleza que hay en él, permitiéndole evolucionar, dejando que se desarrolle sin perturbarla, el hombre aprende y progresa.

Un día, un estudiante le preguntó:

-¿Qué es nuestra tierra? ¿Qué es todo esto? No lo entiendo. ¿Puedes explicármelo?

El viejo sabio le miró con una ligera sonrisa. -¿En qué te sostienes?

-En la tierra -respondió.

-Si pudiese quitar toda la tierra y no dejar más que el lugar en el que te sostienes, ¿qué ocurriría?

-Entonces ya no tendría nada.

-Lo has comprendido. El lugar en el que tú te sostienes no es lo importante. Lo importante es cómo vives por tu fuego -el amor-, por tu agua -tus emociones-, por tu aire -tu pre­sencia espiritual- y por la tierra -donde apor­tas la paz a través de tu naturaleza.

* * *

El viejo sabio y sus discípulos estaban bajo un ciruelo. Uno de los jóvenes rompió de re­pente el silencio para hacer esta pregunta:

-A lo largo del día vemos que el viento agita las hojas de los árboles, inclina la hierba y mece las flores. Sopla y, sin embargo, nunca lo vemos. Podemos ver el fuego, el agua, la tierra, pero nunca el aire. ¿Por qué?

Y el sabio le respondió:

-El aire es el elemento que te enseña que puedes sentir sin ver. Así aprendes que hay otras cosas ade­más de las que ves, cosas que se sienten pero que no se ven. Las hojas de los árboles sienten el aire, y tú mismo lo sientes en tu cabello y en tu cara. Ocurre lo mismo con la vida, no necesitas verla, saborearla ni tocarla para creer en ella. Es suficiente sentirla. ¡Eso es la vida: sentir más allá de los cinco sentidos!

* * *

Mientras estaba impartiendo su enseñanza, el viejo sabio les dijo de repente a sus discípulos:

-Si tuvieseis un deseo que pudieseis satisfa­cer inmediatamente, ¿qué pediríais?

-El conocimiento.

-La sabiduría.

-Tu percepción de las cosas.

-El poder.

-La forma de mantenerme con buena salud...

Cuando cada uno de ellos hubo hablado, todos dijeron a coro:

-Y tú, maestro, ¿qué pedirías?

El sabio sonrió, y murmuró:

-Simplemente, ser un maestro, para saber enseñaros.

-¡Pero si ya lo eres!

-Al escuchar lo que habéis pedido, no me da esa sensación.

* * *

El viejo sabio estaba meditando bajo un ár­bol. Una joven se le acercó y le preguntó, sen­tándose a sus pies:

-Maestro, tengo un hijo, enséñame a edu­carlo. ¿Cómo puedo hacer lo mejor para él? Enséñame cómo convertirme en una buena ma­dre.

El sabio tendió la mano y la puso sobre la cabeza de la joven.

-Ya lo eres.

* * *

El viejo sabio estaba muy ocupado comiendo ciruelas. Un estudiante que pasaba por allí se detu­vo, sorprendido al verle tomar una fruta tras otra.

El estudiante no pudo contenerse mucho tiem­po y preguntó:

-Pero cómo, maestro, nos enseñas modera­ción y te estoy viendo comer decenas de ciruelas...

-Oh, bueno, eso no es mucho.

Y como el estudiante le miraba pasmado, el viejo sabio añadió:

-Cuenta las frutas que hay en el árbol y verás que la cantidad que como es muy modesta.

* * *

El viejo sabio, sentado bajo el ciruelo, veía que un estudiante se dirigía hacia él.

-Oh, maestro, enséñame la verdad. Quiero conocerla. Enséñamela. Todo el mundo te consi­dera un gran sabio, así que enséñame la verdad.

El sabio se levantó e hizo señas al estudiante de que le siguiese. Llegaron a la orilla de un lago.

-Ven, entremos en el agua -ordenó el sabio.

El joven obedeció, y después de dar unos pa­sos el sabio le hizo caer y le mantuvo la cabeza bajo el agua por la fuerza. El joven se debatía, intentó gritar, formó burbujas, se movió desorde­nadamente. Cuando el estudiante se quedó casi inmóvil, el sabio le devolvió ala superficie y le dijo:

-Cuando tu sed de la verdad sea tan grande como tu sed de aire, entonces vuelve a buscarme.

Un joven abordó al viejo sabio, que estaba sentado bajo un ciruelo, para preguntarle:

-¿Cuántos años tienes? Me han dicho que tendría que estudiar con un viejo sabio, así que quisiera saber si eres verdaderamente viejo.

¿Bajo las ramas de qué árbol estoy sentado? -respondió el sabio.

-Es un ciruelo, evidentemente. -¿Por qué no le preguntas su edad?

-Es inútil. Tiene unas frutas deliciosas, y eso me basta.

-En resumen, quieres decir que si yo no tengo frutas, ¿no sirvo para nada?

-Quizás.

El sabio se levantó para reemprender la mar­cha y el estudiante le gritó:

-¡Has de ser muy viejo, porque ya no tienes frutas!

Sin dejar de caminar, el viejo sabio se volvió y dijo:

-Y sin embargo, acabas de comerlas.

* * *

Como de costumbre, el viejo sabio estaba bajo un ciruelo y un joven que pasaba por allí sintió la necesidad de hablarle. Así que se acercó y dijo:

-Oh, anciano, te ruego que me respondas: ¿qué es la vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y por qué estás tú? ¿Por qué crece ese árbol detrás de ti? ¿Por qué no nací antes o después?

El sabio se le quedó mirando un buen rato antes de decir:

-No lo sé.

-Bueno, entonces dime quién puede darme respuestas, y dónde encontrarlas.

-Sigue por este camino y a una cierta dis­tancia encontrarás a un anciano sentado bajo un azufaifo. Ese anciano tiene la sabiduría del uni­verso. Percibe la divinidad en todas las cosas.

El joven le agradeció al sabio su sinceridad y siguió su camino. Al cabo de un momento, llegó ante el anciano, que estaba muy ocupado calcu­lando con su ábaco. El joven le planteó de una sola vez todas sus preguntas:

-¿Porqué estás ahí sentado? ¿Por qué estoy yo ante ti? ¿Qué hace ese árbol que está detrás de nosotros? ¿Por qué estoy aquí hoy y no ayer? Sin mirarle, el anciano le respondió:

-No lo sé.

-Pero, entonces, ¿por qué estás ahí sentado como un maestro? Un anciano, un poco más allá, me dijo que tú lo sabías todo, que conocías el universo y que responderías a mis preguntas. Entonces el anciano le miró.

¿Ese anciano estaba sentado bajo un ciruelo?

-Sí.

-¡Ah, pero si es mi maestro!

Molesto, el joven exclamó:

-Entonces, ¿estoy rodeado de sabios estú­pidos?

-Y a ti ¿no se te ha ocurrido que yo podía estar rodeado de preguntas estúpidas?

* * *

El viejo sabio estaba acompañado por tres jóvenes a los que acababa de encontrar. Una de sus primeras preguntas fue:

-¿Nos consideras discípulos tuyos?

-Sí -contestó.

-¿Qué tenemos que hacer?

-Seguirme. Escuchar. Observar.

De madrugada llegaron a la orilla de un río. El sabio se quitó la ropa y entró en el agua mante­niéndola cuidadosamente por encima de la cabe­za. Dos de los discípulos le siguieron, y el tercero pensó: «Está loco, y decidió abandonarle.

El sabio y los dos discípulos que quedaban caminaron todo el día. Cuando llegó la noche, se acostaron bajo un árbol. El sabio se envolvió en rayos de luna, pero los dos jóvenes tiritaban y uno de ellos echó a andar solo por el camino. Por la mañana, el sabio pasó despacio por un pueblo. Le dieron un cuenco de arroz, que co­mió, también recibió legumbres, con las que completó su comida. El tercer discípulo, que aún le seguía, se sorprendió.

-¿Y a mí no me das nada, maestro?

-Eres mi discípulo, ¿cómo es posible que no te hayan dado ni arroz ni legumbres?

-Nadie me ha mirado.

Ah. Entonces es posible que no existas.

-Pues claro que existo, ya que estoy aquí, delante de ti.

-¿Cómo es posible que no te hayan dado nada? -repitió el sabio.

Y el tercer discípulo se marchó muy molesto. El sabio siguió solo su camino. Un poco más allá, se detuvo para beber. Sentado bajo una roca, a la orilla del agua, sonriendo para sí, pensó:

«¡Qué difícil es la vida de un maestro en estos tiempos! ¡Si pudiese haber discípulos en busca de un maestro que no enseñase, sino que viviese ... !"

* * *

Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegan­te comitiva escoltada por tres guardias que acom­pañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?

-Sí, es él.

-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos re­cibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organi­zaba una gran recepción para celebrar el equi­noccio e invitó al sabio. También estaban invita­dos el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le pre­guntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?

-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

* * *

Ese día el viejo sabio caminaba lentamente, tan despacio que sus jóvenes discípulos casi se dormían siguiéndole. Uno de ellos se atrevió a preguntar:

-Maestro, ¿te has hecho tan viejo que no puedes caminar más deprisa?

-Y tú, ¿te has hecho tan viejo que ya no tienes paciencia?

* * *

El viejo sabio estaba paseando solo por el bosque cuando vio que un tigre atacaba a un búfalo de gran cornamenta. Observó la forma en que el búfalo se resistía, y el encarnizamiento del tigre que utilizaba sus garras y sus dientes.

La lucha era feroz. Veía brotar la sangre y que los dos animales se debilitaban. El tigre mordió al búfalo en la nuca y el búfalo hirió con un cuerno el flanco del tigre.

Los miró un largo rato, desfallecidos, jadean­tes, moribundos.

Después, se acercó al tigre, se arrodilló junto a él y le acarició el hermoso pelaje.

El tigre no hizo ni un movimiento, y sin embargo la vida estaba aún ahí y una mirada profunda le respondió.

A continuación fue hacia el búfalo y el ani­mal le lamió la mano. Entonces, se incorporó y se alejó con lágrimas en los ojos, cavilando: «¿Por qué la vida no conoce la paz más que en sus últimos momentos de desesperación?»

* * *

Hacía unos días que Chao Mu, que había llegado a una edad avanzada, cojeaba de la pierna derecha. Sus discípulos le observaban, sorprendidos, pero nin­guno se atrevía a preguntarle lo que le pasaba.

Cuando estaban pasando por un hermoso bosque, se dieron cuenta de repente de que el sabio cojeaba de la pierna izquierda y que la derecha ya no parecía tener ningún problema.

En esa ocasión, uno de los estudiantes se animó a preguntarle:

- Ayer cojeabas de la pierna derecha, y ahora de la izquierda. ¿Cómo es eso?

-Oh, simplemente he pensado que ya era hora de que la otra pierna descansase- respondió Chao Mu.

Colón salvadoreño


unidad monetaria de El Salvador desde 1892 hasta 2001, año en que fue sustituido progresivamente por el Dólar estadounidense, aunque oficialmente no ha dejado de tener curso legal.

El colón era emitido desde 1934 por el Banco Central de Reserva de El Salvador, organismo gubernamental encargado de la política monetaria del país. El colón se dividía en 100 centavos. En el momento de su desaparición circulaban monedas, de 1, 5, 10, 25 y 50 centavos de colón, y de 1 colón. En cuánto a papel moneda, circulaba billetes de 1, 2, 5, 10, 25, 50, 100 y 200 colones.

El 1 de octubre de 1892, el gobierno del presidente Carlos Ezeta, decidió que el peso salvadoreño se denominaría Colón, en homenaje al descubridor de América. El 19 de junio de 1934 se creó el Banco Central de Reserva como único organismo autorizado para emitir moneda en la nación. El 1 de enero de 2001, entró en vigencia la Ley de Integración Monetaria, promovida por el partido gobernante Alianza Republicana Nacionalista, que autorizaba la libre circulación del dólar estadounidense en el país, con un tipo de cambio fijo de 8,75 colones. En la práctica, la ley provocó que en pocos meses el Colón dejara de circular en el territorio salvadoreño. Los partidos de oposición, en especial el FMLN, han propuesto en varias ocasiones. abandonar el sistema dolarizado y emitir nuevamente la antigua moneda.


A mediados del siglo XIX, aparecieron las fichas de finca, las cuales eran monedas fabricadas de lata, en su mayoría de forma circular. Se les grababa el nombre de la finca y era la forma de pago a los empleados de la misma; la ficha solamente tenía valor en la tienda de finca que la emitía, por lo que se creaba una especie de monopolio.[6]

Durante la existencia de la Federación Centroamericana, el sistema monetario no cambió con respecto al colonial; se siguió usando el peso de plata como moneda principal, aunque con circulación de los macacos y de las fichas de finca. Una vez disuelta la federación, el gobierno salvadoreño decretó la emisión de la primera moneda nacional; los reales, monedas de oro con una "R" grabada y los Escudos, monedas de plata con una "E" grabada.

En 1883, bajo la presidencia del doctor Rafael Zaldívar, se decretó la Primera Ley Monetaria, adoptándose el "Peso" como unidad monetaria, descartándose el sistema español de división en 8 reales. La nueva ley ocupó como base el sistema métrico decimal, donde el peso equivalía a 10 reales.

Finalizando el siglo XIX, aparecieron los primeros billetes de banco. El nuevo papel-moneda pasó a jugar un rol importante como instrumento de cambio, como unidad de medida del valor de los bienes y como elemento de ahorro. La emisión de los billetes estaba a cargo de bancos privados autorizados por el Gobierno. El primer banco emisor fue el Banco Internacional, fundado en 1880; a este banco se le otorgó de manera exclusiva la emisión de billetes, aunque después perdió la exclusividad ante las autorizaciones al Banco Occidental y al Banco Agrícola Comercial.

Bajo la presidencia de Carloz Ezeta, se inauguró la Casa de la Moneda el 28 de agosto de 1892; el 1 de octubre del mismo año, como homenaje a Cristobal Colón en el IV Centenario del Descubrimiento de América, la Asamblea Legislativa reformó la ley monetaria y cambió el nombre de a "Colón". El cambio con respecto al dólar estadounidense en ese momento era de 2 colones por un dólar.

En 1919 se volvió a reformar la Ley Monetaria, estipulando que las monedas desgastadas por el manejo diario serían retiradas de circulación y las piezas recortadas o perforadas no serían aceptadas en el curso legal. Mediante esa ley, quedó prohibido el uso de fichas, vales u homólogos en sustitución de la moneda oficial. Además, dio al Ministerio de Hacienda la facultad de controlar la circulación de la moneda.

Pese a la prosperidad económica relativa de los años 20, la depresión mundial de 1929, la caída internacional de los precios del café y la desregulación estatal del sistema monetario causaron una crisis económica nacional. El problema principal era la carencia de una institución especializada que se dedicase a velar porque la moneda mantuviera su valor y a controlar la actividad bancaria; en tal sentido, el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez contrató a un experto ingles llamado Frederick Francis Joseph Powell, quien debía analizar y estructurar el cuerpo bancario salvadoreño. En su informe final, recomendó que el sistema bancario debía organizarse en torno a un banco central que resguardase la moneda y su valor, así como emitir la unidad monetaria y controlar los créditos. Es así que por iniciativa de la presidencia de la república del 19 de junio de 1934, la Asamblea Legislativa aprobó la ley de creación del Banco Central de Reserva de El Salvador, institución cuyo objetivos se fijó en el control del volumen del crédito y la demanda de moneda circulante, así como se le confirió la facultad exclusiva de emitir especie monetaria.

Emisión de la primera familia de colones

El 31 de agosto de 1934, la nueva institución bancaria puso en circulación la primera familia de billetes en la historia salvadoreña. Emitió billetes de uno, cinco, diez, veinticinco y cien colones; añadiéndose en 1955 la denominación de dos colones y el de cincuenta colones en 1979. El diseño de los billetes fue cambiando paulatinamente y de manera individual; también se dejaron de emitir algunas denominaciones con el pasar del tiempo.

Las monedas emitidas en la primera familia fueron de uno, dos, tres, veinticinco y cincuenta centavos; agregándose luego la moneda de un colón. Al igual que con los billetes, algunas denominaciones fueron desapareciendo con el tiempo y las que quedaron, fueron siendo modificadas en su diseño y en su tamaño.

jueves, 9 de julio de 2009

Hans Christian Andersen Dentro de mil años (escrito en 1853)



















Sí, dentro de mil años la gente cruzará el océano, volando por los aires, en alas del vapor. Los jóvenes colonizadores de América acudirán a visitar la vieja Europa. Vendrán a ver nuestros monumentos y nuestras decaídas ciudades, del mismo modo que nosotros peregrinamos ahora para visitar las decaídas magnificencias del Asia Meridional. Dentro de mil años, vendrán ellos.
El Támesis, el Danubio, el Rin, seguirán fluyendo aún; el Mont­blanc continuará enhiesto con su nevada cumbre, la auroras boreales proyectarán sus brillantes resplandores sobre las tierras del Norte; pero una generación tras otra se ha convertido en polvo, series enteras de momentáneas grandezas han caído en el olvido, como aquellas que hoy dormitan bajo el túmulo donde el rico harinero, en cuya propiedad se alza, se mandó instalar un banco para contemplar desde allí el ondeante campo de mieses que se extiende a sus pies.
- ¡A Europa! -exclamarán las jóvenes generaciones americanas-. ¡A la tierra de nuestros abuelos, la tierra santa de nuestros recuerdos y nuestras fantasías! ¡A Europa!
Llega la aeronave, llena de viajeros, pues la travesía es más rápida que por el mar; el cable electromagnético que descansa en el fondo del océano ha telegrafiado ya dando cuenta del número de los que forman la caravana aérea. Ya se avista Europa, es la costa de Irlanda la que se vislumbra, pero los pasajeros duermen todavía; han avisado que no se les despierte hasta que estén sobre Inglaterra. Allí pisarán el suelo de Europa, en la tierra de Shakespeare, como la llaman los hombres de letras; en la tierra de la política y de las máquinas, como la llaman otros. La visita durará un día: es el tiempo que la apresurada generación concede a la gran Inglaterra y a Escocia.












El viaje prosigue por el túnel del canal hacia Francia, el país de Carlomagno y de Napoleón. Se cita a Molière, los eruditos hablan de una escuela clásica y otra romántica, que florecieron en tiempos remotos, y se encomia a héroes, vates y sabios que nuestra época desconoce, pero que más tarde nacieron sobre este cráter de Europa que es París.
La aeronave vuela por sobre la tierra de la que salió Colón, la cuna de Cortés, el escenario donde Calderón cantó sus dramas en versos armoniosos; hermosas mujeres de negros ojos viven aún en los valles floridos, y en estrofas antiquísimas se recuerda al Cid y la Alhambra.
Surcando el aire, sobre el mar, sigue el vuelo hacia Italia, asiento de la vieja y eterna Roma. Hoy está decaída, la Campagna es un desierto; de la iglesia de San Pedro sólo queda un muro solitario, y aun se abrigan dudas sobre su autenticidad.


Y luego a Grecia, para dormir una noche en el lujoso hotel edificado en la cumbre del Olimpo; poder decir que se ha estado allí, viste mucho. El viaje prosigue por el Bósforo, con objeto de descansar unas horas y visitar el sitio donde antaño se alzó Bizancio. Pobres pescadores lanzan sus redes allí donde la leyenda cuenta que estuvo el jardín del harén en tiempos de los turcos.
Continúa el itinerario aéreo, volando sobre las ruinas de grandes ciudades que se levantaron a orillas del caudaloso Danubio, ciudades que nuestra época no conoce aún; pero aquí y allá - sobre lugares ricos en recuerdos que algún día saldrán del seno del tiempo - se posa la caravana para reemprender muy pronto el vuelo.
Al fondo se despliega Alemania - otrora cruzada por una densísima red de ferrocarriles y canales - el país donde predicó Lutero, cantó Goethe y Mozart empuñó el cetro musical de su tiempo. Nombres ilustres brillaron en las ciencias y en las artes, nombres que ignoramos. Un día de estancia en Alemania y otro para el Norte, para la patria de Örsted y Linneo, y para Noruega, la tierra de los antiguos héroes y de los hombres eternamente jóvenes del Septentrión. Islandia queda en el itinerario de regreso; el géiser ya no bulle, y el Hecla está extinguido, pero como la losa eterna de la leyenda, la prepotente isla rocosa sigue incólume en el mar bravío.
- Hay mucho que ver en Europa -dice el joven americano- y lo hemos visto en ocho días. Se puede hacer muy bien, como el gran viajero - aquí se cita un nombre conocido en aquel tiempo - ha demostrado en su famosa obra: Cómo visitar Europa en ocho días.

Hans Christian Andersen Colás el Chico y Colás el Grande




Vivían en un pueblo dos hombres que se llamaban igual: Colás, pero el uno tenía cuatro caballos, y el otro, solamente uno. Para distinguirlos llamaban Colás el Grande al de los cuatro caballos, y Colás el Chico al otro, dueño de uno solo. Vamos a ver ahora lo que les pasó a los dos, pues es una historia verdadera.
Durante toda la semana, Colás el Chico tenía que arar para el Grande, y prestarle su único caballo; luego Colás el Grande prestaba al otro sus cuatro caballos, pero sólo una vez a la semana: el domingo.
¡Había que ver a Colás el Chico haciendo restallar el látigo sobre los cinco animales! Los miraba como suyos, pero sólo por un día. Brillaba el sol, y las campanas de la iglesia llamaban a misa; la gente, endomingada, pasaba con el devocionario bajo el brazo para escuchar al predicador, y veía a Colás el Chico labrando con sus cinco caballos; y al hombre le daba tanto gusto que lo vieran así, que, pegando un nuevo latigazo, gritaba: «¡Oho! ¡Mis caballos!»
- No debes decir esto -reprendióle Colás el Grande-. Sólo uno de los caballos es tuyo.
Pero en cuanto volvía a pasar gente, Colás el Chico, olvidándose de que no debía decirlo, volvía a gritar: «¡Oho! ¡Mis caballos!».
- Te lo advierto por última vez -dijo Colás el Grande-. Como lo repitas, le arreo un trastazo a tu caballo que lo dejo seco, y todo eso te habrás ganado.
- Te prometo que no volveré a decirlo -respondió Colás el Chico. Pero pasó más gente que lo saludó con un gesto de la cabeza y nuestro hombre, muy orondo, pensando que era realmente de buen ver el que tuviese cinco caballos para arar su campo, volvió a restallar el látigo, exclamando: «¡Oho! ¡Mis caballos!».
- ¡Ya te daré yo tus caballos! -gritó el otro, y, agarrando un mazo, diole en la cabeza al de Colás el Chico, y lo mató.
- ¡Ay! ¡Me he quedado sin caballo! -se lamentó el pobre Colás, echándose a llorar. Luego lo despellejó, puso la piel a secar al viento, metióla en un saco, que se cargó a la espalda, y emprendió el camino de la ciudad para ver si la vendía.
La distancia era muy larga; tuvo que atravesar un gran bosque oscuro, y como el tiempo era muy malo, se extravió, y no volvió a dar con el camino hasta que anochecía; ya era tarde para regresar a su casa o llegar a la ciudad antes de que cerrase la noche.
A muy poca distancia del camino había una gran casa de campo. Aunque los postigos de las ventanas estaban cerrados, por las rendijas se filtraba luz. «Esa gente me permitirá pasar la noche aquí», pensó Colás el Chico, y llamó a la puerta.
Abrió la dueña de la granja, pero al oír lo que pedía el forastero le dijo que siguiese su camino, pues su marido estaba ausente y no podía admitir a desconocidos.
- Bueno, no tendré más remedio que pasar la noche fuera ­dijo Colás, mientras la mujer le cerraba la puerta en las narices.
Había muy cerca un gran montón de heno, y entre él y la casa, un pequeño cobertizo con tejado de paja.
- Puedo dormir allá arriba -dijo Colás el Chico, al ver el tejadillo-; será una buena cama. No creo que a la cigüeña se le ocurra bajar a picarme las piernas -pues en el tejado había hecho su nido una auténtica cigüeña.
Subióse nuestro hombre al cobertizo y se tumbó, volviéndose ora de un lado ora del otro, en busca de una posición cómoda. Pero he aquí que los postigos no llegaban hasta lo alto de la ventana, y por ellos podía verse el interior.
En el centro de la habitación había puesta una gran mesa, con vino, carne asada y un pescado de apetitoso aspecto. Sentados a la mesa estaban la aldeana y el sacristán, ella le servía, y a él se le iban los ojos tras el pescado, que era su plato favorito.
«¡Quién estuviera con ellos!», pensó Colás el Chico, alargando la cabeza hacia la ventana. Y entonces vio que habla además un soberbio pastel. ¡Qué banquete, santo Dios!
Oyó entonces en la carretera el trote de un caballo que se dirigía a la casa; era el marido de la campesina, que regresaba.
El marido era un hombre excelente, y todo el mundo lo apreciaba; sólo tenía un defecto: no podía ver a los sacristanes; en cuanto se le ponía uno ante los ojos, entrábale una rabia loca. Por eso el sacristán de la aldea había esperado a que el marido saliera de viaje para visitar a su mujer, y ella le había obsequiado con lo mejor que tenía. Al oír al hombre que volvía asustáronse los dos, y ella pidió al sacristán que se ocultase en un gran arcón vacío, pues sabía muy bien la inquina de su esposo por los sacristanes. Apresuróse a esconder en el horno las sabrosas viandas y el vino, no fuera que el marido lo observara y le pidiera cuentas.
- ¡Qué pena! -suspiró Colás desde el tejado del cobertizo, al ver que desaparecía el banquete.
- ¿Quién anda por ahí? -preguntó el campesino mirando a Colás-. ¿Qué haces en la paja? Entra, que estarás mejor.
Entonces Colás le contó que se había extraviado, y le rogó que le permitiese pasar allí la noche.
- No faltaba más -respondióle el labrador-, pero antes haremos algo por la vida.
La mujer recibió a los dos amablemente, puso la mesa y les sirvió una sopera de papillas. El campesino venía hambriento y comía con buen apetito, pero Nicolás no hacía sino pensar en aquel suculento asado, el pescado y el pastel escondidos en el horno.
Debajo de la mesa había dejado el saco con la piel de caballo; ya sabemos que iba a la ciudad para venderla. Como las papillas se le atragantaban, oprimió el saco con el pie, y la piel seca produjo un chasquido.
- ¡Chit! -dijo Colás al saco, al mismo tiempo que volvía a pisarlo y producía un chasquido más ruidoso que el primero.
- ¡Oye! ¿Qué llevas en el saco? -preguntó el dueño de la casa. - Nada, es un brujo -respondió el otro-. Dice que no tenemos por qué comer papillas, con la carne asada, el pescado y el pastel que hay en el horno.
- ¿Qué dices? -exclamó el campesino, corriendo a abrir el horno, donde aparecieron todas las apetitosas viandas que la mujer había ocultado, pero que él supuso que estaban allí por obra del brujo. La mujer no se atrevió a abrir la boca; trajo los manjares a la mesa, y los dos hombres se regalaron con el pescado, el asado, y el dulce. Entonces Colás volvió a oprimir el saco, y la piel crujió de nuevo.
- ¿Qué dice ahora? -preguntó el campesino.
- Dice -respondió el muy pícaro- que también ha hecho salir tres botellas de vino para nosotros; y que están en aquel rincón, al lado del horno.
La mujer no tuvo más remedio que sacar el vino que había escondido, y el labrador bebió y se puso alegre. ¡Qué no hubiera dado, por tener un brujo como el que Colás guardaba en su saco!
- ¿Es capaz de hacer salir al diablo? -preguntó-. Me gustaría verlo, ahora que estoy alegre.
- ¡Claro que sí! -replicó Colás-. Mi brujo hace cuanto le pido. ¿Verdad, tú? -preguntó pisando el saco y produciendo otro crujido-. ¿Oyes? Ha dicho que sí. Pero el diablo es muy feo; será mejor que no lo veas.
- No le tengo miedo. ¿Cómo crees que es?
- Pues se parece mucho a un sacristán.
- ¡Uf! -exclamó el campesino-. ¡Sí que es feo! ¿Sabes?, una cosa que no puedo sufrir es ver a un sacristán. Pero no importa. Sabiendo que es el diablo, lo podré tolerar por una vez. Hoy me siento con ánimos; con tal que no se me acerque demasiado...
- Como quieras, se lo pediré al brujo -, dijo Colás, y, pisando el saco, aplicó contra él la oreja.
- ¿Qué dice?
- Dice que abras aquella arca y verás al diablo; está dentro acurrucado. Pero no sueltes la tapa, que podría escaparse.
- Ayúdame a sostenerla -pidióle el campesino, dirigiéndose hacia el arca en que la mujer había metido al sacristán de carne y hueso, el cual se moría de miedo en su escondrijo.
El campesino levantó un poco la tapa con precaución y miró al interior.
- ¡Uy! -exclamó, pegando un salto atrás-. Ya lo he visto. ¡Igual que un sacristán! ¡Espantoso!
Lo celebraron con unas copas y se pasaron buena parte de la noche empinando el codo.
- Tienes que venderme el brujo -dijo el campesino-. Pide lo que quieras; te daré aunque sea una fanega de dinero.
- No, no puedo -replicó Colás-. Piensa en los beneficios que puedo sacar de este brujo.
-¡Me he encaprichado con él! ¡Véndemelo! -insistió el otro, y siguió suplicando.
- Bueno -avínose al fin Colás-. Lo haré porque has sido bueno y me has dado asilo esta noche. Te cederé el brujo por una fanega de dinero; pero ha de ser una fanega rebosante.
- La tendrás -respondió el labriego-. Pero vas a llevarte también el arca; no la quiero en casa ni un minuto más. ¡Quién sabe si el diablo está aún en ella!.
Colás el Chico dio al campesino el saco con la piel seca, y recibió a cambio una fanega de dinero bien colmada. El campesino le regaló todavía un carretón para transportar el dinero y el arca.
- ¡Adiós! -dijo Colás, alejándose con las monedas y el arca que contenía al sacristán.
Por el borde opuesto del bosque fluía un río caudaloso y muy profundo; el agua corría con tanta furia, que era imposible nadar a contra corriente. No hacía mucho que habían tendido sobre él un gran puente, y cuando Colás estuvo en la mitad dijo en voz alta, para que lo oyera el sacristán:
- ¿Qué hago con esta caja tan incómoda? Pesa como si estuviese llena de piedras. Ya me voy cansando de arrastrarla; la echaré al río, Si va flotando hasta mi casa bien, y si no, no importa.
Y la levantó un poco con una mano, como para arrojarla al río.
- ¡Detente, no lo hagas! -gritó el sacristán desde dentro. Déjame salir primero.
- ¡Dios me valga! -exclamó Colás, simulando espanto-. ¡Todavía está aquí! ¡Echémoslo al río sin perder tiempo, que se ahogue!
- ¡Oh, no, no! -suplicó el sacristán-. Si me sueltas te daré una fanega de dinero.
- Bueno, esto ya es distinto -aceptó Colás, abriendo el arca. El sacristán se apresuró a salir de ella, arrojó el arca al agua y se fue a su casa, donde Colás recibió el dinero prometido. Con el que le había entregado el campesino tenía ahora el carretón lleno.
«Me he cobrado bien el caballo», se dijo cuando de vuelta a su casa, desparramó el dinero en medio de la habitación.
«¡La rabia que tendrá Colás el Grande cuando vea que me he hecho rico con mi único caballo!; pero no se lo diré».

Hans Christian Andersen Cinco en una vaina




Cinco guisantes estaban encerrados en una vaina, y como ellos eran verdes y la vaina era verde también, creían que el mundo entero era verde, y tenían toda la razón. Creció la vaina y crecieron los guisantes; para aprovechar mejor el espacio, se pusieron en fila. Por fuera lucía el sol y calentaba la vaina, mientras la lluvia la limpiaba y volvía transparente. El interior era tibio y confortable, había claridad de día y oscuridad de noche, tal y como debe ser; y los guisantes, en la vaina, iban creciendo y se entregaban a sus reflexiones, pues en algo debían ocuparse.
- ¿Nos pasaremos toda la vida metidos aquí? -decían-. ¡Con tal de que no nos endurezcamos a fuerza de encierro! Me da la impresión de que hay más cosas allá fuera; es como un presentimiento.
Y fueron transcurriendo las semanas; los guisantes se volvieron amarillos, y la vaina, también.
- ¡El mundo entero se ha vuelto amarillo! -exclamaron; y podían afirmarlo sin reservas.
Un día sintieron un tirón en la vaina; había sido arrancada por las manos de alguien, y, junto con otras, vino a encontrarse en el bolsillo de una chaqueta.
- Pronto nos abrirán -dijeron los guisantes, afanosos de que llegara el ansiado momento.
- Me gustaría saber quién de nosotros llegará más lejos -dijo el menor de los cinco-. No tardaremos en saberlo.
- Será lo que haya de ser -contestó el mayor.
¡Zas!, estalló la vaina y los cinco guisantes salieron rodando a la luz del sol. Estaban en una mano infantil; un chiquillo los sujetaba fuertemente, y decía que estaban como hechos a medida para su cerbatana. Y metiendo uno en ella, sopló.
- ¡Heme aquí volando por el vasto mundo! ¡Alcánzame, si puedes! -y salió disparado.
- Yo me voy directo al Sol -dijo el segundo-. Es una vaina como Dios manda, y que me irá muy bien-. Y allá se fue.
- Cuando lleguemos a nuestro destino podremos descansar un rato -dijeron los dos siguientes-, pero nos queda aún un buen trecho para rodar-, y, en efecto, rodaron por el suelo antes de ir a parar a la cerbatana, pero al fin dieron en ella-. ¡Llegaremos más lejos que todos!
- ¡Será lo que haya de ser! - dijo el último al sentirse proyectado a las alturas. Fue a dar contra la vieja tabla, bajo la ventana de la buhardilla, justamente en una grieta llena de musgo y mullida tierra, y el musgo lo envolvió amorosamente. Y allí se quedó el guisante oculto, pero no olvidado de Dios.
- ¡Será lo que haya de ser! - repitió.
Vivía en la buhardilla una pobre mujer que se ausentaba durante la jornada para dedicarse a limpiar estufas, aserrar madera y efectuar otros trabajos pesados, pues no le faltaban fuerzas ni ánimos, a pesar de lo cual seguía en la pobreza. En la reducida habitación quedaba sólo su única hija, mocita delicada y linda que llevaba un año en cama, luchando entre la vida y la muerte.
- ¡Se irá con su hermanita! -suspiraba la mujer-. Tuve dos hijas, y muy duro me fue cuidar de las dos, hasta que el buen Dios quiso compartir el trabajo conmigo y se me llevó una. Bien quisiera yo ahora que me dejase la que me queda, pero seguramente a Él no le parece bien que estén separadas, y se llevará a ésta al cielo, con su hermana.
Pero la doliente muchachita no se moría; se pasaba todo el santo día resignada y quieta, mientras su madre estaba fuera, a ganar el pan de las dos.
Llegó la primavera; una mañana, temprano aún, cuando la madre se disponía a marcharse a la faena, el sol entró piadoso a la habitación por la ventanuca y se extendió por el suelo, y la niña enferma dirigió la mirada al cristal inferior.
- ¿Qué es aquello verde que asoma junto al cristal y que mueve el viento?
La madre se acercó a la ventana y la entreabrió.
- ¡Mira! -dijo-, es una planta de guisante que ha brotado aquí con sus hojitas verdes. ¿Cómo llegaría a esta rendija? Pues tendrás un jardincito en que recrear los ojos.
Acercó la camita de la enferma a la ventana, para que la niña pudiese contemplar la tierna planta, y la madre se marchó al trabajo.
- ¡Madre, creo que me repondré! -exclamó la chiquilla al atardecer-. ¡El sol me ha calentado tan bien, hoy! El guisante crece a las mil maravillas, y también yo saldré adelante y me repondré al calor del sol.
- ¡Dios lo quiera! -suspiró la madre, que abrigaba muy pocas esperanzas. Sin embargo, puso un palito al lado de la tierna planta que tan buen ánimo había infundido a su hija, para evitar que el viento la estropease. Sujetó en la tabla inferior un bramante, y lo ató en lo alto del marco de la ventana, con objeto de que la planta tuviese un punto de apoyo donde enroscar sus zarcillos a medida que se encaramase. Y, en efecto, se veía crecer día tras día.
- ¡Dios mío, hasta flores echa! -exclamó la madre una mañana­ y entróle entonces la esperanza y la creencia de que su niña enferma se repondría. Recordó que en aquellos últimos tiempos la pequeña había hablado con mayor animación; que desde hacía varias mañanas se había sentado sola en la cama, y, en aquella posición, se había pasado horas contemplando con ojos radiantes el jardincito formado por una única planta de guisante.
La semana siguiente la enferma se levantó por primera vez una hora, y se estuvo, feliz, sentada al sol, con la ventana abierta; y fuera se había abierto también una flor de guisante, blanca y roja. La chiquilla, inclinando la cabeza, besó amorosamente los delicados pétalos. Fue un día de fiesta para ella.
- ¡Dios misericordioso la plantó y la hizo crecer para darte esperanza y alegría, hijita! - dijo la madre, radiante, sonriendo a la flor como si fuese un ángel bueno, enviado por Dios.
Pero, ¿y los otros guisantes? Pues verás: Aquel que salió volando por el amplio mundo, diciendo: «¡Alcánzame si puedes!», cayó en el canalón del tejado y fue a parar al buche de una paloma, donde encontróse como Jonás en el vientre de la ballena. Los dos perezosos tuvieron la misma suerte; fueron también pasto de las palomas, con lo cual no dejaron de dar un cierto rendimiento positivo. En cuanto al cuarto, el que pretendía volar hasta el Sol, fue a caer al vertedero, y allí estuvo días y semanas en el agua sucia, donde se hinchó horriblemente.
- ¡Cómo engordo! -exclamaba satisfecho-. Acabaré por reventar, que es todo lo que puede hacer un guisante. Soy el más notable de los cinco que crecimos en la misma vaina.
Y el vertedero dio su beneplácito a aquella opinión.
Mientras tanto, allá, en la ventana de la buhardilla, la muchachita, con los ojos radiantes y el brillo de la salud en las mejillas, juntaba sus hermosas manos sobre la flor del guisante y daba gracias a Dios.
- El mejor guisante es el mío -seguía diciendo el vertedero.